martes, 12 de marzo de 2013


Crítica de medios- Cine
Un Che de Estados Unidos

Steven Soderbergh nació en el ’63 con Kennedy a la cabeza, con Fidel como Comandante en Jefe y Ernesto Guevara de la Serna como Ministro de Industria. Creció en Atlanta, Estados Unidos, quizás pensó en sus años de infante sobre unos barbudos que habían invadido el casino flotante de La Florida, como hoy piensa que está cansado de hacer películas. ¡Ya ganó algunos Oscar, qué más da! También pudo haber crecido tratando de separarse de las típicas mentiras de los gobernantes norteamericanos a su pueblo, entonces, le interesaron historias de hombres y mujeres que son tercos y van contra la corriente como Erin Brockovich, que es firme ante los prejuicios contra las mujeres, Danny Ocean, que es capaz de idear un gran robo para recuperar a su novia o Ernesto “El Che” Guevara que es capaz de mantener un ideal hasta la muerte. Todos tenemos un ideal que en algún rinconcito olvidado resulta ser la historia de nuestras vidas, entonces, ¿quién de nosotros, cualquiera, en cualquier condición social, política o mental no es capaz de mantener sus ideas hasta la muerte?. Soderbergh parece contarnos un Che ilustre, inmenso inalcansable.

En 2008 el director de cine famoso en Hollywood presentó en todo el mundo dos largometrajes. “Che. El argentino” y “Che. La guerrilla” cuentan algunos aspectos de la vida de Ernesto Guevara de la Serna, nacido en la Argentina y adoptado luego en Cuba y en todo el mundo como líder político, social o simbólico, depende la lupa que usemos para acercarnos.

Ernesto Guevara es el argentino de principios como queda claro en la primera escena en que Soderbergh hace aparecer a Venicio del Toro personificándolo. Una pequeña casa en México es el sitio en que Fidel Castro y un médico argentino se encuentran por primera vez. Parecen tener algo en común que es la voz del pueblo latinoaméricano, aquella que El Che Guevara dice que los revolucionarios “tomaron la responsabilidad de asumir y representar” ante millones de televidentes norteamericanos. Esa voz es siempre en su idioma original: preguntas en inglés respuestas claras, fijas, enormes en castellano. Cuando vemos “Che. El argentino” y “Che. La guerrilla” empezamos viendo cine en el cine, a veces televisión en el cine y terminamos viendo un personaje singular dentro de una historia poco definida en su importancia vital y transmisora. Quizás resulte tedioso para el director y para el público sentarse en un cine o en el living de su casa a ver la historia de la Revolución Cubana hasta 1967, pero también puede ser cierto que muchos hombres y mujeres necesiten conocer esa historia en un cine improvisado en una plaza de un barrio o entre el barro de las zonas excluidas de las ciudades. Soderbergh, por momentos, parece no saber a cual de estas necesidades responder.

Construye un relato perfecto, donde no nos falta ningún componente narrativo para creernos la historia. Las idas, las vueltas y un aire documental que conforman en realidad un documento sobre un hombre. Usa cámaras que se mueven mucho, siguiendo los ritmos de la guerra y de las apacibles casas cubanas, la voz de nuestro personaje que nos muestra sus pensamientos más crudos que a veces nos sirven para seguir la historia sin perder el hilo. De a poco, el director nos va mostrando un soldado temerario, un militar parco, terco, de decisiones inquebrantables, que es capaz de dar órdenes sin titubear, de burlarse de la tropa y hasta de matar a los traidores. El Che de Soderbergh es un hombre de principios que es capaz de morir por su causa. Nos habla poco de política, prefiere contarnos de su total convencimiento con una causa que no es ni ridícula ni heróica, solo es una causa, un principio. Es muy distinto nuestro heroe a sus pares de lucha como el estratega Fidel o el jocoso Camilo, es siempre alguien que se destaca por su conducta, por ir contra la corriente, contra sus subordinados, sus guardaespaldas, de los comunistas partidarios, del senador Mac Carthy y hasta en contra de su gran líder.