martes, 15 de julio de 2014

Una pastilla del Mundial


La gran gesta perdida

Luego de un tiempo prudencial para despojarse de las broncas me dispongo a analizar este Brasil 2014, un mundial inolvidable. Un campeonato de fútbol es la condensación en un mes de todas las miserias deportivas del mundo actual. Pero también de todas sus virtudes. 

Mente sana en cuerpo sano dejó de ser el epígrafe de toda actividad deportiva. Más preciso sería decir: negocio sano es pasión asegurada. Una copa mundial se expande a todo el mundo bajo las reglas de la Federación Internacional de Fútbol Asociado -FIFA- que, generalmente, son muy adecuadas para los sponsors y poco compañeras de la belleza del deporte o de las pasiones futboleras.
Este mundial no fue excepción a esa regla por diferentes razones: porque fue en Brasil; por la cantidad de goles; porque fue el mundial más visto de la historia.

Un mundial de fútbol: Brasil 2014.

Brasil trae a cuestas el mito del Jogo bonito. También es el primer país en desarrollar sistemáticamente los análisis tácticos en sus equipos y en profundizar la mirada sobre las subjetividades en la profesionalización del deporte. Por ejemplo, la selección brasileña de 1958 consiguió su primer campeonato mundial con la compañía imponderable de un psicólogo de grupo. Pero estos detalles no vienen al caso. El punto importante hoy es que Brasil es el ícono del fútbol como “juego” y, además, es el país con más campeonatos mundiales ganados (cinco de veinte disputados). Brasil carga con la mochila de ser el monstruo de una región olvidada por siglos y que hoy está en aparente desarrollo. Brasil fue y es la gran bandera latinoamericana hacia el mundo entero, el poderoso de la pelota que nunca pudo ganar en su casa y que parece condenado a no hacerlo. Brasil es el país donde todo argentino siempre quiso ganar un mundial. Más que en Buenos Aires, Córdoba o Rosario, en Río de Janeiro, capital del fútbol mundial es donde se soñaba levantar la copa. Allí se disputó el mundial de fútbol.






Jugar bien y ganar

Después de varios mundiales con más sabor a plata que a buenas jugadas y a expertos jugadores en este Brasil 2014 se convirtieron 171 goles igualando a la marca de Francia 1998. Una marca quizás impensada pero lógica, si tenemos en cuenta que la gran mayoría de los jugadores patean en las ligas más llenas de goles del mundo: Inglaterra, España, Francia, Alemania e Italia. Allí es donde una obviedad se convirtió en una convicción: el que ataca, gana, y el que defiende, pierde. Por ahora no hablemos de cómo atacar. Convertir un gol es una cosa más difícil de lo que parece y, más aún, en un mundial. Durante este mes casi nadie dudó en atacar para convertir un gol, por lo menos, de los equipos que han llegado a las instancias finales. Claro está que se logran resultados de cualquier manera y que existen casos como el de Grecia o el de Costa Rica. Los que apostaron por ellos ganaron.
Este mundial fue un gran aporte a la eterna disputa literaria entre el “jugar bien para ganar” y el “ganar como sea”. En los primeros programas del ciclo “De Zurda” en Telesur, Stoichkov y Maradona balbuceaban en un horrible castellano que ya casi no existían jugadores con personalidad ganadora o que, por lo menos, ya no eran los que marcaban el ritmo de las definiciones de juego. Eso es una gran verdad. Quizás que Mascherano o Robben no se hayan llevado el Balón de Oro y que el uruguayo Suarez haya sido literalmente desterrado de la Copa es demostración de que se prefieren a jugadores de mucho show y pocas bravuconadas. Messi lo sabe y por eso, prefería ganar el Mundial antes de ser premiado como el mejor de la competición.

El negocio mundial

Este fue el mundial más visto, lo que significa -además de un regadero de pasión- un negocio mundializado con ganancias definitivamente indescifrables. Las millones de entradas vendidas, la llamativa locura de los estadounidenses por la Copa del Mundo de la FIFA (sacaron el tercer puesto en la venta de entradas por países después de Brasil y Argentina), las más de 3.000 millones de interacciones en Facebook y 672 millones de mensajes en Twitter con Neymar, Messi y Suarez en el podio de las mencionados, las 750.000 personas que vieron el partido en una transmisión a través de los servicios de Internet, las incalculables millones de personas que han visto los partidos por las cadenas televisivas de cada país (26,5 millones de norteamericanos vivieron el partido entre Argentina y Alemania, por ejemplo), son solo algunos ejemplos de las dimensiones del negocio.[1] La FIFA es la encargada de asegurar la continuidad del show del fútbol, es decir, hoy de la continuidad del movimiento de las grandes bolsas de valores europeas. Asimismo funciona como reaseguro de la continuidad de las pequeñas-grandes distracciones para la población europea mientras los mismos financistas reconstruyen lo que habían destruido, por lo menos, en la última década.

Un mundial en Latinoamérica

Los negocios siempre son grandes acompañantes de las necesidades políticas de los gobernantes de turno. No hay que ser Platón para avivarse de que una región que tuvo un giro importante en sus definiciones electorales, hoy necesita un empujoncito en su economía y en su euforia social. Ese rol también cumplió Brasil 2014. Hasta diríamos que superando la necesidad de la recarga económica, la euforia popular desatada alrededor de la Copa Mundial en Latinoamérica fue, también, inimaginable. Esta euforia no solo permitió un tremendo negocio sino que provocó el desembarco de Latinoamérica en el mundo como una región económicamente activa (y esa era la idea original también). Algo así se espera para los Juegos Olímpicos Río 2016. ¿Qué hubiera pasado, por ejemplo, si Aerolíneas Argentinas no duplicaba sus vuelos a Brasil durante la última semana del campeonato? Se calcula que visitaron Brasil unos 500 mil argentinos, 150 mil estadounidenses, 50 mil colombianos, 40 mil chilenos, 35 mil mexicanos. Y sigue la lista.
Como un jaque camuflado, Brasil y toda la región han aprovechado el mundial de fútbol para hacer sus jugadas: El programa “De Zurda” en Telesur; la transmisión de la TV Pública en Argentina; la cooperación de trabajo y negocios entre las diferentes televisoras estatales de la región. Todos estos elementos fueron eficaces para velar las protestas que sucedieron hasta horas antes del comienzo de la copa y también para fortalecer la postura regional frente a los Fondos Buitre pero, además, para canalizar toda la pasión futbolera de los pueblos latinoamericanos. Esto no lo podemos negar y deberíamos entenderlo para desterrar al capital financiero multinacional de la región.
Por otro lado, casi sale publicada la fábula de la Latinoamericanidad al palo que se vio perjudicada por el resultado del partido final pero, principalmente, por la histórica paliza a los locales. El 7-1 de Alemania a Brasil rompió en mil pedazos la supuesta unidad latinoamericana, volvió a destapar las miserias de la policía brasileña y las deudas sociales de nuestros gobernantes que estuvieron un mes suspendidas.

La gesta épica

Ganar una Copa del Mundo es una tarea difícil para cualquier grupo, pero para los jugadores argentinos desde siempre fue considerada una tarea parecida a escalar el Everest. No sé por qué se construye de esta manera. Nos faltó algo para ganar que no fue entereza moral (porque ésta no alcanza para ganar partidos, eso seguro). Como se publicó hoy en diferentes diarios, revistas y portales, lo que se le faltó al equipo argentino no fue ganas de hacer goles, sino buscarlos con audacia. Las grandes estrellas, acabadas físicamente, parecen haberse olvidado el amor propio. Es decir, les faltó la combinación mágica de suerte, tranquilidad, dedicación y puntería. Una lástima. Pero esto no es un reproche, es un llamamiento.
Nuestro héroe indestructible, Javier Mascherano, declaró que deseaba que este resultado positivo le sirviera a la Argentina para mejorar su liga. Yo diría que lo que falta es un plan digno. Las gestas épicas se encuentran con dedicación, no con arrebatos morales ante las supuestas adversidades. ¿Qué problemas debería tener Argentina si tenía una de las mejores selecciones de la Copa? Las que se va creando sola. Podemos seguir la siguiente lógica Masche: Nos falta desarrollo social y económico en nuestros clubes. Así encontramos una bolsa de gatos de dirigentes corruptos que solo pueden aspirar a vender jugadores a Europa y salvar su gestión. Esto genera, claro está, una economía exportadora de carne y una liga con poca proyección propia y sin capacidad de reflujo. Entonces, cuando sucede el mundial, no podemos más que armar un combinado de héroes para mirarnos en un Everest imaginario y demostrar que Argentina “tiene huevos”. Patrañas. Lo que faltó fue condición física, plan de juego, decisión para explotar a la mejor delantera del mundo y ganar el Mundial más importante de la historia hasta hoy.

[1] http://www.clasesdeperiodismo.com/2014/07/14/brasil2014-genero-672-millones-de-tuits-en-total/

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