La gran gesta perdida
Luego de un tiempo prudencial
para despojarse de las broncas me dispongo a analizar este Brasil 2014, un
mundial inolvidable. Un campeonato de fútbol es la condensación en un mes de
todas las miserias deportivas del mundo actual. Pero también de todas sus
virtudes.
Mente sana en cuerpo sano dejó de ser el epígrafe
de toda actividad deportiva. Más preciso sería decir: negocio sano es pasión
asegurada. Una copa mundial se expande a todo el mundo bajo las reglas de la Federación Internacional
de Fútbol Asociado -FIFA- que, generalmente, son muy adecuadas para los
sponsors y poco compañeras de la belleza del deporte o de las pasiones
futboleras.
Este mundial no fue excepción a esa regla por
diferentes razones: porque fue en Brasil; por la cantidad de goles; porque fue
el mundial más visto de la historia.
Un mundial de fútbol: Brasil 2014.
Brasil trae a cuestas el mito del Jogo bonito. También es el primer país en
desarrollar sistemáticamente los análisis tácticos en sus equipos y en
profundizar la mirada sobre las subjetividades en la profesionalización del
deporte. Por ejemplo, la selección brasileña de 1958 consiguió su primer
campeonato mundial con la compañía imponderable de un psicólogo de grupo. Pero
estos detalles no vienen al caso. El punto importante hoy es que Brasil es el
ícono del fútbol como “juego” y, además, es el país con más campeonatos
mundiales ganados (cinco de veinte disputados). Brasil carga con la mochila de
ser el monstruo de una región olvidada por siglos y que hoy está en aparente
desarrollo. Brasil fue y es la gran bandera latinoamericana hacia el mundo
entero, el poderoso de la pelota que nunca pudo ganar en su casa y que parece
condenado a no hacerlo. Brasil es el país donde todo argentino siempre quiso
ganar un mundial. Más que en Buenos Aires, Córdoba o Rosario, en Río de
Janeiro, capital del fútbol mundial es donde se soñaba levantar la copa. Allí
se disputó el mundial de fútbol.
Jugar bien y ganar
Después de varios mundiales con más sabor a plata
que a buenas jugadas y a expertos jugadores en este Brasil 2014 se convirtieron
171 goles igualando a la marca de Francia 1998. Una marca quizás impensada pero
lógica, si tenemos en cuenta que la gran mayoría de los jugadores patean en las ligas
más llenas de goles del mundo: Inglaterra, España, Francia, Alemania e Italia.
Allí es donde una obviedad se convirtió en una convicción: el que ataca, gana,
y el que defiende, pierde. Por ahora no hablemos de cómo atacar. Convertir un
gol es una cosa más difícil de lo que parece y, más aún, en un mundial. Durante
este mes casi nadie dudó en atacar para convertir un gol, por lo menos, de los
equipos que han llegado a las instancias finales. Claro está que se logran
resultados de cualquier manera y que existen casos como el de Grecia o el de
Costa Rica. Los que apostaron por ellos
ganaron.
Este mundial fue un gran aporte a la eterna disputa
literaria entre el “jugar bien para ganar” y el “ganar como sea”. En los
primeros programas del ciclo “De Zurda” en Telesur, Stoichkov y Maradona
balbuceaban en un horrible castellano que ya casi no existían jugadores con
personalidad ganadora o que, por lo menos, ya no eran los que marcaban el ritmo
de las definiciones de juego. Eso es una gran verdad. Quizás que Mascherano o
Robben no se hayan llevado el Balón de Oro y que el uruguayo Suarez haya sido
literalmente desterrado de la Copa es demostración de que se prefieren a
jugadores de mucho show y pocas bravuconadas. Messi lo sabe y por eso, prefería
ganar el Mundial antes de ser premiado como el mejor de la competición.
El negocio mundial
Este fue el mundial más visto, lo que significa
-además de un regadero de pasión- un negocio mundializado con ganancias
definitivamente indescifrables. Las millones de entradas vendidas, la llamativa
locura de los estadounidenses por la
Copa del Mundo de la
FIFA (sacaron el tercer puesto en la venta de entradas por
países después de Brasil y Argentina), las más de 3.000 millones de
interacciones en Facebook y 672 millones de mensajes en Twitter con Neymar,
Messi y Suarez en el podio de las mencionados, las 750.000 personas que vieron el
partido en una transmisión a través de los servicios de Internet, las
incalculables millones de personas que han visto los partidos por las cadenas
televisivas de cada país (26,5 millones de norteamericanos vivieron el partido
entre Argentina y Alemania, por ejemplo), son solo algunos ejemplos de las
dimensiones del negocio.[1] La FIFA es la encargada de asegurar la continuidad
del show del fútbol, es decir, hoy de la continuidad del movimiento de las
grandes bolsas de valores europeas. Asimismo funciona como reaseguro de la
continuidad de las pequeñas-grandes distracciones para la población europea
mientras los mismos financistas reconstruyen lo que habían destruido, por lo
menos, en la última década.
Un mundial en Latinoamérica
Los negocios siempre son grandes acompañantes de
las necesidades políticas de los gobernantes de turno. No hay que ser Platón
para avivarse de que una región que tuvo un giro importante en sus definiciones
electorales, hoy necesita un empujoncito en su economía y en su euforia social.
Ese rol también cumplió Brasil 2014. Hasta diríamos que superando la necesidad
de la recarga económica, la euforia popular desatada alrededor de la Copa
Mundial en Latinoamérica fue, también, inimaginable. Esta euforia no solo
permitió un tremendo negocio sino que provocó el desembarco de Latinoamérica en
el mundo como una región económicamente activa (y esa era la idea original
también). Algo así se espera para los Juegos Olímpicos Río 2016. ¿Qué hubiera
pasado, por ejemplo, si Aerolíneas Argentinas no duplicaba sus vuelos a Brasil
durante la última semana del campeonato? Se calcula que visitaron Brasil unos
500 mil argentinos, 150 mil estadounidenses, 50 mil colombianos, 40 mil
chilenos, 35 mil mexicanos. Y sigue la lista.
Como un jaque camuflado, Brasil y toda la región
han aprovechado el mundial de fútbol para hacer sus jugadas: El programa “De
Zurda” en Telesur; la transmisión de la TV Pública en Argentina; la cooperación de
trabajo y negocios entre las diferentes televisoras estatales de la región. Todos
estos elementos fueron eficaces para velar las protestas que sucedieron hasta
horas antes del comienzo de la copa y también para fortalecer la postura
regional frente a los Fondos Buitre pero, además, para canalizar toda la pasión
futbolera de los pueblos latinoamericanos. Esto no lo podemos negar y
deberíamos entenderlo para desterrar al capital financiero multinacional de la
región.
Por otro lado, casi sale publicada la fábula de la Latinoamericanidad
al palo que se vio perjudicada por el resultado del partido final pero,
principalmente, por la histórica paliza a los locales. El 7-1 de Alemania a
Brasil rompió en mil pedazos la supuesta unidad latinoamericana, volvió a
destapar las miserias de la policía brasileña y las deudas sociales de nuestros
gobernantes que estuvieron un mes suspendidas.
La gesta épica
Ganar una Copa del Mundo es una tarea difícil para cualquier grupo,
pero para los jugadores argentinos desde siempre fue considerada una tarea
parecida a escalar el Everest. No sé por qué se construye de esta manera.
Nos faltó algo para ganar que no fue entereza moral (porque ésta no alcanza para
ganar partidos, eso seguro). Como se publicó hoy en diferentes diarios, revistas
y portales, lo que se le faltó al equipo argentino no fue ganas de hacer goles,
sino buscarlos con audacia. Las grandes estrellas, acabadas físicamente,
parecen haberse olvidado el amor propio. Es decir, les faltó la combinación
mágica de suerte, tranquilidad, dedicación y puntería. Una lástima. Pero esto
no es un reproche, es un llamamiento.
Nuestro héroe indestructible, Javier Mascherano,
declaró que deseaba que este resultado positivo le sirviera a la Argentina para mejorar
su liga. Yo diría que lo que falta es un plan digno. Las gestas épicas se
encuentran con dedicación, no con arrebatos morales ante las supuestas
adversidades. ¿Qué problemas debería tener Argentina si tenía una de las
mejores selecciones de la Copa?
Las que se va creando sola. Podemos seguir la siguiente lógica Masche: Nos
falta desarrollo social y económico en nuestros clubes. Así encontramos una
bolsa de gatos de dirigentes corruptos que solo pueden aspirar a vender
jugadores a Europa y salvar su gestión. Esto genera, claro está, una
economía exportadora de carne y una liga con poca proyección propia y sin
capacidad de reflujo. Entonces, cuando sucede el mundial, no podemos más que
armar un combinado de héroes para mirarnos en un Everest imaginario y demostrar
que Argentina “tiene huevos”. Patrañas. Lo que faltó fue condición física, plan
de juego, decisión para explotar a la mejor delantera del mundo y ganar el
Mundial más importante de la historia hasta hoy.
[1] http://www.clasesdeperiodismo.com/2014/07/14/brasil2014-genero-672-millones-de-tuits-en-total/


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