Parte II. Pensar la sociedad y el cuerpo.
Si siempre estamos preguntándonos sobre quiénes somos y decimos no poder concebirnos fuera de la sociedad, deberíamos continuar aclarando que eso no es negar las individualidades. Todo lo contrario. El concebir la individualidad en sociedad se trata de ver que es una especie de “elección natural”. Difícilmente un hombre/ mujer se piense a sí mismo viviendo fuera de la sociedad (aunque a veces, sobre todo los estratos burgueses piensen en eso, es parte de aprender a vivir con la queja, como Mirtha Legrand).
Lo individual en sociedad se puede entender en la reflexión sobre el poder. ¿Qué es el poder? ¿Cómo se ejerce? Parecería muy atrevido en este espacio atinar a responder estas preguntas, pero creo que puedo arrimar algunas consideraciones que sirven a mi reflexión.
Sin detenerme demasiado en cada caso, es indudable que algunos explican que el poder es algo que se detenta, que algunos están para ordenar y otros para obedecer. Las reflexiones de Hobbes, Maquiavelo, Schopenhauer, Hegel, Freud y tantos otros nos acostumbraron a eso al punto de que es parte del imaginario, del sentido común[i]. Que la idea de que el hombre solo puede vivir en sociedad se entienda como una realidad inevitable, muchas veces vuelve inevitable que haya amos y esclavos, ricos y pobres, dueños y carentes, etc. Por otro lado, diferentes teorías críticas de la modernidad nos permiten pensar que el poder se construye. Marx, Nietzsche, Gramsci, Lacan, Foucault y Bourdieu, entre otros, nos permiten pensar las formas en que se presenta el poder y, a veces, cómo tratar de contrarrestarlo.
Más pertinente aún parece entender, ahora, que ese poder se construye desde/ hacia, por/ para el cuerpo de los individuos. Ver desarrollos analíticos de Foucault[ii] sobre la medicina o de Barthes[iii] sobre la moda, nos aclara qué relación existe entre nuestros cuerpos y el poder. La medicina se instala entre nosotros y trae consigo la mochila de un cuerpo que es totalmente examinable, manipulable, un objeto más en contraposición a antiguas ideas sobre el cuerpo como “santuario del alma”. La moda se impone comercialmente cargando un cuerpo exhibido, público y depositario de productos. La vida de cualquier individuo con un cuerpo manipulable y público aparece factible de ser juzgada, regulada y defendida. A su vez, la expansión tecnológica que es, en primera instancia, una expansión económica, reconfigura el lugar del cuerpo. El cuerpo pasa a ser una extensión de las tecnologías (y no al revés).
Allí encontramos entonces técnicas y prácticas que mantienen al cuerpo en ese lugar: El modo en que se realizan las encuestas de opinión, la división de las prácticas – y hasta las ideas- entre femenino y masculino, los desfiles de moda, las ropas para hombres diferenciadas de las de las mujeres, las cárceles, los hospitales, los artículos electrodomésticos, las investigaciones científicas que gastan millones de billetes al año, etc. Se podría pensar así, en una mixtura entre cuerpo y economía, mejor dicho, entre cuerpo y sociedad. La organización del Estado que floreció después de la Segunda Guerra Mundial con gran fuerza, el llamado Estado de Bienestar, podría pensarse como una respuesta lógica para defender el cuerpo ante los embates de las guerras y la malicia del mercado. Más allá de que el Estado de Bienestar signifique políticamente la contención del cambio social[iv], permite algunas consideraciones sobre un nuevo lugar del cuerpo en nuestra sociedad. Herbert Marcuse, en una de sus grandes reflexiones detallaba: “las perspectivas de la contención del cambio, ofrecidas por la política de la racionalidad tecnológica, dependen de las perspectivas del Estado de bienestar. Tal Estado parece capaz de elevar el nivel de la vida ‘administrada’, capacidad inherente a todas las sociedades industriales avanzadas donde el aparato técnico dinámico —establecido como poder separado que actúa sobre y por encima de los individuos— depende para su funcionamiento del desarrollo y la expansión intensificada de la productividad. Bajo estas condiciones, la decadencia de la libertad y la oposición no es un asunto de deterioración, o corrupción moral o intelectual. Es más bien un proceso social objetivo en la medida en que la producción y distribución de una cantidad cada vez mayor de bienes y servicios hace de la sumisión una actitud tecnológica racional”[v].
Ahí está la conjunción (si uno quiere verlo por separado) de la economía, el Estado, el desarrollo tecnológico para regular, vigilar, administrar o controlar la vida।
[i] Cuando pienso en sentido común, pienso en la conformación de un sentido colectivo que obedece a la lógica del poder, de la clase dominante, más allá de cómo se manifieste. Por lo general, este sentido colectivo, permite diluir las posiciones críticas en términos de “opiniones”. Sartre escribe en sus “ Reflexiones sobre la cuestión judía” algo que ejemplifica perfectamente el funcionamiento de los imaginarios sociales que reproducen la lógica del sistema: “Esta palabra opinión hace meditar. Es la que emplea la dueña de casa para poner fin a una discusión que corre peligro de agriarse”
[ii] Ver “Historia de la sexualidad”, “El nacimiento de la clínica” de Foucault, entre otros.
[iii] Su análisis en “El sistema de la moda” puede servir de ejemplo.
[iv] Creo que su condición histórica y estructural de barrera de cambios profundos es indudable, aunque no es algo que interese directamente a esta meditación.
[v] Marcuse, Herbert. “El hombre unidimensional”. Seix Barral. 1971. Pág. 79.
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