FALLO SOBRE BOTNIA
(AW) Ejemplo de cómo se cubren los negocios de las grandes empresas fue el de la corte internacional de La Haya sobre el problema de las pasteras en el río Uruguay. A través de la representante argentina en el juicio y la presidenta Cristina Fernández se mostró el conformismo del Gobierno. Los asambleístas de Gualeguaychú, disconformes, plantean nuevas medidas de protesta.
Por Nicolás Scipione para Agencia Walsh
(Buenos Aires, 20 de abril de 2010) Desde las 9.30 horas de la Argentina comenzó la audiencia en la cual se dio lectura al veredicto de la corte internacional penal de La Haya. Por 13 votos a favor y uno en contra los jueces fallaron (podríamos utilizar este término en todas sus acepciones) que el Tratado del Río Uruguay ha sido violado por 10 razones diferentes por el Gobierno de nuestro país vecino. Entre esas razones se encuentra no haber avisado a la comisión binacional del Tratado que se iban a colocar pasteras de celulosa a la vera de dicho río. Al mismo tiempo, dictaminó la corte que no había pruebas fehacientes para culpar de contaminación ambiental a la empresa finlandesa BOTNIA.
Un claro ejemplo de lo que se suele llamar un fallo salomónico. Los gobiernos quedarán en paz y cada uno podrá decir, quizás con pocos argumentos morales, que hizo lo que tenía que hacer. Así fue que la representante argentina en el juicio, la vicecanciller y la embajadora ante La Haya manifestaron su conformidad ante la situación. Nuestra presidente igualmente mostró su habitual habilidad discursiva declarando que “estaría conforme si esto -el juicio- no hubiera sucedido”.
La empresa BOTNIA podrá seguir produciendo y, según arrojaron los datos publicados por diferentes organizaciones y los asambleístas de Gualeguaychú hace ya meses, seguirá contaminando el río Uruguay. Los habitantes de la ciudad de Entre Ríos, asimismo, manifestaron que tendrán próximamente asambleas y que planean una movilización “para que se vaya BOTNIA” el próximo 25 de este mes.
Por otro lado, llama la atención cómo el Grupo Clarín apoyó la causa del gobierno en este día. Mientras los representantes del Estado salieron públicamente a manifestar su deseo de que el caso del Río Uruguay, BOTNIA y pasteras en general quede cerrado, TN, canal de noticias del grupo de la señora Noble realizó por la mañana un móvil en vivo desde Gualeguaychú para preguntarse “¿cuándo se va a terminar el corte del puente internacional?”. El diario Clarín, además, publicó en Internet titulares ejemplificadores de esta coincidencia: “Tras el fallo, Uruguay espera que se levante el corte en Gualeguaychú “; ”Tras el fallo, oficialistas y opositores coinciden en pedir que se levante el corte”. Y, para cerrar el círculo de apoyo al negocio, Elisa Carrió dijo en varios medios que estaba en desacuerdo de la evaluación del Gobierno sobre el fallo pero que, en referencia al corte de Gualeguaychú, "la defensa de un derecho no puede hacerse mediante la violación de otro, no se puede violar el derecho de gentes que es el derecho a circular".
De este modo, muchos acompañan el negocio de BOTNIA y pocos la lucha de los habitantes de la ciudad de Gualeguaychú.
martes, 20 de abril de 2010
jueves, 17 de diciembre de 2009
Sobre la crítica
Este texto demuestra la capacidad que tiene el ser humano para reflexionar sobre un hecho sin dormir en los laureles del mismo। Es una lección total de para qué sirve la crítica। Piensenlo así y luego me dicen.
A। Gramsci
LA REVOLUCIÓN CONTRA EL CAPITAL
Escrito: 1917Primera Edición: Aparecido en Avanti, edición milanesa, el 24 de noviembre de 1917. Reproducido en el Il Grido del Popolo el 5 de enero de 1918 Digitalización: AritzEsta Edición: Marxists Internet Archive, año 2001
La revolución de los bolcheviques se ha insertado defenitivamente en la revolución general del pueblo ruso. Los maximalistas, que hasta hace dos meses fueron el fermento necesario para que los acontecimientos no se detuvieran, para que la marcha hacia el futuro no concluyera, dando lugar a una forma definitiva de aposentamiento -que habría sido un aposentamiento burgués- se han adueñado del poder, han establecido su dictadura y están elaborando las formas socialistas en las que la revolución tendrá finalmente que hacer un alto para continuar desarrollándose armónicamente, sin exceso de grandes choques, a partir de las grandes conquistas ya realizadas.
La revolución de los bolcheviques se compone más de ideologías que de hechos. (Por eso, en el fondo, nos importa poco saber más de cuanto ya sabemos). Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado.
No obstante hay una ineluctabilidad incluso en estos acontecimientos y si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El Capital, no reniegan el pensamiento inmanente, vivificador. No son marxistas, eso es todo; no han compilado en las obras del Maestro una doctrina exterior de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, lo que no muere nunca, la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, contaminado en Marx de incrustaciones positivistas y naturalistas. Y este pensamiento sitúa siempre como máximo factor de historia no los hecho económicos, en bruto, sino el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se acercan unos a otros, que se entienden entre sí, que desarrollan a través de estos contactos (civilidad) una voluntad social, colectiva, y comprenden los hechos económicos, los juzgan y los condicionan a su voluntad, hasta que esta deviene el motor de la economía, plasmadora de la realidad objetiva, que vive, se mueve y adquiere carácter de material telúrico en ebullición, canalizable allí donde a la voluntad place, como a ella place.
Marx ha previsto lo previsible. No podía prever la guerra europea, o mejor dicho, no podía prever la duración y los efectos que esta guerra ha tenido. No podía prever que esta guerra, en tres años de sufrimientos y miseria indecibles suscitara en Rusia la voluntad colectiva popular que ha suscitado. Semejante voluntad necesita normalmente para formarse un largo proceso de infiltraciones capilares; una extensa serie de experiencias de clase. Los hombres son perezosos, necesitan organizarse, primero exteriormente, en corporaciones, en ligas; después, íntimamente, en el pensamiento, en la voluntad... de una incesante continuidad y multiplicidad de estímulos exteriores. He aquí porqué normalmente, los cánones de crítica histórica edl marxismo captan la realidad, la aprehenden y la hacen evidente, intelegible. Normalmente las dos clases del mundo capitalista crean la historia a través de la lucha de clases cada vez más intensa. El proletariado siente su miseria actual, se halla en continuo estado de desazón y presiona sobre la burguesía para mejorar sus condiciones de existencia. Lucha, obliga a la burguesía a mejorar la técnica de la producción, a hacer más útil la producción para que sea posible satisfacer sus necesidades más urgentes. Se trata de una apresurada carrera hacia lo mejor, que acelera el ritmo de la producción, que incrementa continuamente la suma de bienes que servirán a la colectividad. Y en esta carrera caen muchos y hace más apremiante el deseo de los que quedan. La masa se halla siempre en ebullición, y de caos-pueblo se convierte cada vez más en orden en el pensamiento, se hace cada vez más consciente de su propia potencia, de su propia capacidad para asumir la responsabilidad social, para devenir árbitro de su propio destino.
Todo esto, normalmente. Cuando los hechos se repiten con un cierto ritmo. Cuando la historia se desarrolla a través de momentos cada vez más complejos y ricos de significado y de valor pero, en definitiva, similares. Mas en Rusia la guerra ha servido para sacudir las voluntades. Estas, con los sufrimientos acumulados en tres años, se han puesto al unísono con gran rapidez. La carestía era inminente, el hambre, la muerte por hambre, podía golpear a todos, aniquilar de un golpe a decenas de millones de hombres. Las voluntades se han puesto al unísono, al principio mecánicamente; activa, espiritualmente tras la primera revolución[1].
Las prédicas socialistas han puesto al pueblo ruso en contacto con las experiencias de los otros proletarios. La prédica socialista hace vivir en un instante, dramáticamente, la historia del proletariado, su lucha contra el capitalismo, la prolongada serie de esfuerzos que tuvo que hacer para emanciparse idealmente de los vínculos de servilismo que le hacían abyecto, para devenir conciencia nueva, testimonio actual de un mundo futuro. La prédica socialista ha creado la voluntad social del pueblo ruso. ¿Por qué debía esperar ese pueblo que la historia de Inglaterra se renueve en Rusia, que en Rusia se forme una burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista? El pueblo ruso ha recorrido estas magníficas experiencias con el pensamiento, aunque se trate del pensamiento de una minoría. Ha superado estas experiencias. Se sirve de ellas para afirmarse, como se servirá de las experiencias capitalistas occidentales para colocarse, en breve tiempo, al nivel de producción del mundo occidental. América del Norte está, en el sentido capitalista, más adelantada que Inglaterra, porque en América del Norte los anglosajones han comenzado de golpe a partir del estadio a que Inglaterra había llegado tras una larga evolución. El proletariado ruso, educado en sentido socialista, empezará su historia desde el estadio máximo de producción a que ha llegado la Inglaterra de hoy, porque teniendo que empezar, lo hará a partir de la perfección alcanzada ya por otros y de esa perfección recibiráa el impulso para alcanzar la madurez económica que según Marx es condición del colectivismo. Los revolucionarios crearán ellos mismos las condiciones necesarias para la realización completa y plena de su ideal. Las crearán en menos tiempo del que habría empleado el capitalismo.
Las críticas que los socialistas han hecho y harán al sistema burgués, para evidenciar las imperfecciones, el dispendio de riquezas, servirán a los revolucionarios para hacerlo mejor, para evitar esos dispendios, para no caer en aquellas deficiencias. Será, en principio, el colectivismo de la miseria, del sufrimiento. Pero las mismas condiciones de miseria y sufrimiento serían heredadas por un régimen burgués.
El capitalismo no podría hacer jamás súbitamente más de lo que podrá hacer el colectivismo. Hoy haría mucho menos, porque tendría súbitamente en contra a un proletariado descontento, frenético, incapaz de soportar durante más años los dolores y las amarguras que le malestar económico acarrea. Incluso desde un punto de vista absoluto, humano, el socialismo inmediato tiene en Rusia su justificación. Los sufrimientos que vendrán tras la paz sólo serán soportables si los proletarios sienten que de su voluntad y tenacidad en el trabajo depende suprimirlos en el más breve plazo posible.
Se tiene la impresión de que los maximalistas hayan sido en este momento la expresión espotánea, biológicamente necesaria, para que la humanidad rusa no caiga en el abismo, para que, absorbiéndose en el trabajo gigantesco, autónomo, de su propia regeneración, pueda sentir menos los estímulos del lobo hambriento y Rusia no se transforme en una enorme carnicería de fieras que se entredevoran.
1. Se refiere a la revolución democrático-burguesa de febrero (marzo) de 1917.
A। Gramsci
LA REVOLUCIÓN CONTRA EL CAPITAL
Escrito: 1917Primera Edición: Aparecido en Avanti, edición milanesa, el 24 de noviembre de 1917. Reproducido en el Il Grido del Popolo el 5 de enero de 1918 Digitalización: AritzEsta Edición: Marxists Internet Archive, año 2001
La revolución de los bolcheviques se ha insertado defenitivamente en la revolución general del pueblo ruso. Los maximalistas, que hasta hace dos meses fueron el fermento necesario para que los acontecimientos no se detuvieran, para que la marcha hacia el futuro no concluyera, dando lugar a una forma definitiva de aposentamiento -que habría sido un aposentamiento burgués- se han adueñado del poder, han establecido su dictadura y están elaborando las formas socialistas en las que la revolución tendrá finalmente que hacer un alto para continuar desarrollándose armónicamente, sin exceso de grandes choques, a partir de las grandes conquistas ya realizadas.
La revolución de los bolcheviques se compone más de ideologías que de hechos. (Por eso, en el fondo, nos importa poco saber más de cuanto ya sabemos). Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado.
No obstante hay una ineluctabilidad incluso en estos acontecimientos y si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El Capital, no reniegan el pensamiento inmanente, vivificador. No son marxistas, eso es todo; no han compilado en las obras del Maestro una doctrina exterior de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, lo que no muere nunca, la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, contaminado en Marx de incrustaciones positivistas y naturalistas. Y este pensamiento sitúa siempre como máximo factor de historia no los hecho económicos, en bruto, sino el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se acercan unos a otros, que se entienden entre sí, que desarrollan a través de estos contactos (civilidad) una voluntad social, colectiva, y comprenden los hechos económicos, los juzgan y los condicionan a su voluntad, hasta que esta deviene el motor de la economía, plasmadora de la realidad objetiva, que vive, se mueve y adquiere carácter de material telúrico en ebullición, canalizable allí donde a la voluntad place, como a ella place.
Marx ha previsto lo previsible. No podía prever la guerra europea, o mejor dicho, no podía prever la duración y los efectos que esta guerra ha tenido. No podía prever que esta guerra, en tres años de sufrimientos y miseria indecibles suscitara en Rusia la voluntad colectiva popular que ha suscitado. Semejante voluntad necesita normalmente para formarse un largo proceso de infiltraciones capilares; una extensa serie de experiencias de clase. Los hombres son perezosos, necesitan organizarse, primero exteriormente, en corporaciones, en ligas; después, íntimamente, en el pensamiento, en la voluntad... de una incesante continuidad y multiplicidad de estímulos exteriores. He aquí porqué normalmente, los cánones de crítica histórica edl marxismo captan la realidad, la aprehenden y la hacen evidente, intelegible. Normalmente las dos clases del mundo capitalista crean la historia a través de la lucha de clases cada vez más intensa. El proletariado siente su miseria actual, se halla en continuo estado de desazón y presiona sobre la burguesía para mejorar sus condiciones de existencia. Lucha, obliga a la burguesía a mejorar la técnica de la producción, a hacer más útil la producción para que sea posible satisfacer sus necesidades más urgentes. Se trata de una apresurada carrera hacia lo mejor, que acelera el ritmo de la producción, que incrementa continuamente la suma de bienes que servirán a la colectividad. Y en esta carrera caen muchos y hace más apremiante el deseo de los que quedan. La masa se halla siempre en ebullición, y de caos-pueblo se convierte cada vez más en orden en el pensamiento, se hace cada vez más consciente de su propia potencia, de su propia capacidad para asumir la responsabilidad social, para devenir árbitro de su propio destino.
Todo esto, normalmente. Cuando los hechos se repiten con un cierto ritmo. Cuando la historia se desarrolla a través de momentos cada vez más complejos y ricos de significado y de valor pero, en definitiva, similares. Mas en Rusia la guerra ha servido para sacudir las voluntades. Estas, con los sufrimientos acumulados en tres años, se han puesto al unísono con gran rapidez. La carestía era inminente, el hambre, la muerte por hambre, podía golpear a todos, aniquilar de un golpe a decenas de millones de hombres. Las voluntades se han puesto al unísono, al principio mecánicamente; activa, espiritualmente tras la primera revolución[1].
Las prédicas socialistas han puesto al pueblo ruso en contacto con las experiencias de los otros proletarios. La prédica socialista hace vivir en un instante, dramáticamente, la historia del proletariado, su lucha contra el capitalismo, la prolongada serie de esfuerzos que tuvo que hacer para emanciparse idealmente de los vínculos de servilismo que le hacían abyecto, para devenir conciencia nueva, testimonio actual de un mundo futuro. La prédica socialista ha creado la voluntad social del pueblo ruso. ¿Por qué debía esperar ese pueblo que la historia de Inglaterra se renueve en Rusia, que en Rusia se forme una burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista? El pueblo ruso ha recorrido estas magníficas experiencias con el pensamiento, aunque se trate del pensamiento de una minoría. Ha superado estas experiencias. Se sirve de ellas para afirmarse, como se servirá de las experiencias capitalistas occidentales para colocarse, en breve tiempo, al nivel de producción del mundo occidental. América del Norte está, en el sentido capitalista, más adelantada que Inglaterra, porque en América del Norte los anglosajones han comenzado de golpe a partir del estadio a que Inglaterra había llegado tras una larga evolución. El proletariado ruso, educado en sentido socialista, empezará su historia desde el estadio máximo de producción a que ha llegado la Inglaterra de hoy, porque teniendo que empezar, lo hará a partir de la perfección alcanzada ya por otros y de esa perfección recibiráa el impulso para alcanzar la madurez económica que según Marx es condición del colectivismo. Los revolucionarios crearán ellos mismos las condiciones necesarias para la realización completa y plena de su ideal. Las crearán en menos tiempo del que habría empleado el capitalismo.
Las críticas que los socialistas han hecho y harán al sistema burgués, para evidenciar las imperfecciones, el dispendio de riquezas, servirán a los revolucionarios para hacerlo mejor, para evitar esos dispendios, para no caer en aquellas deficiencias. Será, en principio, el colectivismo de la miseria, del sufrimiento. Pero las mismas condiciones de miseria y sufrimiento serían heredadas por un régimen burgués.
El capitalismo no podría hacer jamás súbitamente más de lo que podrá hacer el colectivismo. Hoy haría mucho menos, porque tendría súbitamente en contra a un proletariado descontento, frenético, incapaz de soportar durante más años los dolores y las amarguras que le malestar económico acarrea. Incluso desde un punto de vista absoluto, humano, el socialismo inmediato tiene en Rusia su justificación. Los sufrimientos que vendrán tras la paz sólo serán soportables si los proletarios sienten que de su voluntad y tenacidad en el trabajo depende suprimirlos en el más breve plazo posible.
Se tiene la impresión de que los maximalistas hayan sido en este momento la expresión espotánea, biológicamente necesaria, para que la humanidad rusa no caiga en el abismo, para que, absorbiéndose en el trabajo gigantesco, autónomo, de su propia regeneración, pueda sentir menos los estímulos del lobo hambriento y Rusia no se transforme en una enorme carnicería de fieras que se entredevoran.
1. Se refiere a la revolución democrático-burguesa de febrero (marzo) de 1917.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
El hombre de la multitud
maravilloso texto que también sirve, creo, reflexionar sobre el lugar del cuerpo y la subjetividad
El hombre de la multitud
Edgar Allan
Ce grand malheur de ne pouvoir être seul (La Bruyère)
Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er lässt sich nicht lesen -no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba. Y así la esencia de todo crimen queda inexpresada. No hace mucho tiempo, en un atardecer de otoño, hallábame sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café D..., en Londres. Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el retorno de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del ennui; disposición llena de apetencia, en la que se desvanecen los vapores de la visión interior y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel cotidiano, así como la vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la alocada y endeble retórica de Gorgias. El solo hecho de respirar era un goce, e incluso de muchas fuentes legítimas del dolor extraía yo un placer. Sentía un interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba. Con un cigarro en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido gran parte de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados por el humo.
Dicha calle es una de las principales avenidas de la ciudad, y durante todo el día había transitado por ella una densa multitud. Al acercarse la noche, la afluencia aumentó, y cuando se encendieron las lámparas pudo verse una doble y continua corriente de transeúntes pasando presurosos ante la puerta. Nunca me había hallado a esa hora en el café, y el tumultuoso mar de cabezas humanas me llenó de una emoción deliciosamente nueva. Terminé por despreocuparme de lo que ocurría adentro y me absorbí en la contemplación de la escena exterior.
Al principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto y general. Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los detalles, examinando con minucioso interés las innumerables variedades de figuras, vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y expresiones.
La gran mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento. Fruncían las cejas y giraban vivamente los ojos; cuando otros transeúntes los empujaban, no daban ninguna señal de impaciencia, sino que se alisaban la ropa y continuaban presurosos. Otros, también en gran número, se movían incansables, rojos los rostros, hablando y gesticulando consigo mismos como si la densidad de la masa que los rodeaba los hiciera sentirse solos. Cuando hallaban un obstáculo a su paso cesaban bruscamente de mascullar pero redoblaban sus gesticulaciones, esperando con sonrisa forzada y ausente que los demás les abrieran camino. Cuando los empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían llenos de confusión. Pero, fuera de lo que he señalado, no se advertía nada distintivo en esas dos clases tan numerosas. Sus ropas pertenecían a la categoría tan agudamente denominada decente. Se trataba fuera de duda de gentileshombres, comerciantes, abogados, traficantes y agiotistas; de los eupátridas y la gente ordinaria de la sociedad; de hombres dueños de su tiempo, y hombres activamente ocupados en sus asuntos personales, que dirigían negocios bajo su responsabilidad. Ninguno de ellos llamó mayormente mi atención.
El grupo de los amanuenses era muy evidente, y en él discerní dos notables divisiones. Estaban los empleados menores de las casas ostentosas, jóvenes de ajustadas chaquetas, zapatos relucientes, cabellos con pomada y bocas desdeñosas. Dejando de lado una cierta apostura que, a falta de mejor palabra, cabría denominar oficinesca, el aire de dichas personas me parecía el exacto facsímil de lo que un año o año y medio antes había constituido la perfección del bon ton. Afectaban las maneras ya desechadas por la clase media -y esto, creo, da la mejor definición posible de su clase.
La división formada por los empleados superiores de las firmas sólidas, los «viejos tranquilos», era inconfundible. Se los reconocía por sus chaquetas y pantalones negros o castaños, cortados con vistas a la comodidad; las corbatas y chalecos, blancos; los zapatos, anchos y sólidos, y las polainas o los calcetines, espesos y abrigados. Todos ellos mostraban señales de calvicie, y la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente separada. Noté que siempre se quitaban o ponían el sombrero con ambas manos y que llevaban relojes con cortas cadenas de oro de maciza y antigua forma. Era la suya la afectación de respetabilidad, si es que puede existir una afectación tan honorable.
Había aquí y allá numerosos individuos de brillante apariencia, que fácilmente reconocí como pertenecientes a esa especie de carteristas elegantes que infesta todas las grandes ciudades. Miré a dicho personaje con suma detención y me resultó difícil concebir cómo los caballeros podían confundirlos con sus semejantes. Lo exagerado del puño de sus camisas y su aire de excesiva franqueza los traicionaba inmediatamente.
Los jugadores profesionales -y había no pocos- eran aún más fácilmente reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño tahúr de feria, con su chaleco de terciopelo, corbatín de fantasía, cadena dorada y botones de filigrana, hasta el pillo, vestido con escrupulosa y clerical sencillez, que en modo alguno se presta a despertar sospechas. Sin embargo, todos ellos se distinguían por el color terroso y atezado de la piel, la mirada vaga y perdida y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos que me permitían identificarlos siempre; un tono reservadamente bajo al conversar, y la extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los dedos. Junto a estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera algo diferente, sin dejar de ser pájaros del mismo plumaje. Cabría definirlos como caballeros que viven de su ingenio. Parecen precipitarse sobre el público en dos batallones: el de los dandys y el de los militares. En el primer grupo, los rasgos característicos son los cabellos largos y las sonrisas; en el segundo, los levitones y el aire cejijunto.
Bajando por la escala de lo que da en llamarse superioridad social, encontré temas de especulación más sombríos y profundos. Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando en rostros cuyas restantes facciones sólo expresaban abyecta humildad; empedernidos mendigos callejeros profesionales, rechazando con violencia a otros mendigos de mejor estampa, a quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna; débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme mano y que avanzaban vacilantes entre la muchedumbre, mirando cada rostro con aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna perdida esperanza; modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor y se encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas que indignadas ante las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible evitar; rameras de toda clase y edad, con la inequívoca belleza en la plenitud de su feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol de Paros y por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el último grado de la ruina; el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos, que hace un último esfuerzo para salvar la juventud; la niña de formas apenas núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las horribles coqueterías de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con sus mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos harapientos y remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra, amoratado el rostro y opacos los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias, el aire provocador pero vacilante, gruesos labios sensuales y rostros rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez fueron buenos y que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con paso más firme y más vivo que el natural, pero cuyos rostros se ven espantosamente pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la multitud se toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y, junto a ellos, pasteleros, mozos de cordel, acarreadores de carbón, deshollinadores, organilleros, exhibidores de monos amaestrados, cantores callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos desastrados, obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa.
A medida que la noche se hacía más profunda, también era más profundo mi interés por la escena; no sólo el aspecto general de la multitud cambiaba materialmente (pues sus rasgos más agradables desaparecían a medida que el sector ordenado de la población se retiraba y los más ásperos se reforzaban con el surgir de todas las especies de infamia arrancadas a sus guaridas por lo avanzado de la hora), sino que los resplandores del gas, débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y esparcían en derredor una luz agitada y deslumbrante. Todo era negro y, sin embargo, espléndido, como el ébano con el cual fue comparado el estilo de Tertuliano.
Los extraños efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la gente y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me impedía lanzar más de una ojeada a cada rostro, me pareció que, en mi singular disposición de ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve intervalo de una mirada.
Pegada la frente a los cristales, ocupábame en observar la multitud, cuando de pronto se me hizo visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus propias encarnaciones pictóricas del demonio. Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación. «¡Qué extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura, flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de excelente tela, y, si mis ojos no se engañaban, a través de un desgarrón del abrigo de segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y de un puñal. Estas observaciones enardecieron mi curiosidad y resolví seguir al desconocido a dondequiera que fuese.
Era ya noche cerrada y la espesa niebla húmeda que envolvía la ciudad no tardó en convertirse en copiosa lluvia. El cambio de tiempo produjo un extraño efecto en la multitud, que volvió a agitarse y se cobijó bajo un mundo de paraguas. La ondulación, los empujones y el rumor se hicieron diez veces más intensos. Por mi parte la lluvia no me importaba mucho; en mi organismo se escondía una antigua fiebre para la cual la humedad era un placer peligrosamente voluptuoso. Me puse un pañuelo sobre la boca y seguí andando. Durante media hora el viejo se abrió camino dificultosamente a lo largo de la gran avenida, y yo seguía pegado a él por miedo a perderlo de vista. Como jamás se volvía, no me vio. Entramos al fin en una calle transversal que, aunque muy concurrida, no lo estaba tanto como la que acabábamos de abandonar. Inmediatamente advertí un cambio en su actitud. Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar. Cruzó repetidas veces a un lado y otro de la calle, sin propósito aparente; la multitud era todavía tan densa que me veía obligado a seguirlo de cerca. La calle era angosta y larga y la caminata duró casi una hora, durante la cual los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad norteamericana más populosa). Un nuevo cambio de dirección nos llevó a una plaza brillantemente iluminada y rebosante de vida. El desconocido recobró al punto su actitud primitiva. Dejó caer el mentón sobre el pecho, mientras sus ojos giraban extrañamente bajo el entrecejo fruncido, mirando en todas direcciones hacia los que le rodeaban. Se abría camino con firmeza y perseverancia. Me sorprendió, sin embargo, advertir que, luego de completar la vuelta a la plaza, volvía sobre sus pasos. Y mucho más me asombró verlo repetir varias veces el mismo camino, en una de cuyas ocasiones estuvo a punto de descubrirme cuando se volvió bruscamente.
Otra hora transcurrió en esta forma, al fin de la cual los transeúntes habían disminuido sensiblemente. Seguía lloviendo con fuerza, hacía fresco y la gente se retiraba a sus casas. Con un gesto de impaciencia el errabundo entró en una calle lateral comparativamente desierta. Durante cerca de un cuarto de milla anduvo por ella con una agilidad que jamás hubiera soñado en una persona de tanta edad, y me obligó a gastar mis fuerzas para poder seguirlo. En pocos minutos llegamos a una feria muy grande y concurrida, cuya disposición parecía ser familiar al desconocido. Inmediatamente recobró su actitud anterior, mientras se abría paso a un lado y otro, sin propósito alguno, mezclado con la muchedumbre de compradores y vendedores.
Durante la hora y media aproximadamente que pasamos en el lugar debí obrar con suma cautela para mantenerme cerca sin ser descubierto. Afortunadamente llevaba chanclos que me permitían andar sin hacer el menor ruido. En ningún momento notó el viejo que lo espiaba. Entró de tienda en tienda, sin informarse de nada, sin decir palabra y mirando las mercancías con ojos ausentes y extraviados. A esta altura me sentía lleno de asombro ante su conducta, y estaba resuelto a no perderle pisada hasta satisfacer mi curiosidad. Un reloj dio sonoramente las once, y los concurrentes empezaron a abandonar la feria. Al cerrar un postigo, uno de los tenderos empujó al viejo, e instantáneamente vi que corría por su cuerpo un estremecimiento. Lanzóse a la calle, mirando ansiosamente en todas direcciones, y corrió con increíble velocidad por varias callejuelas sinuosas y abandonadas, hasta volver a salir a la gran avenida de donde habíamos partido, la calle del hotel D... Pero el aspecto del lugar había cambiado. Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció. Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto. Otra vez cayó su cabeza sobre el pecho; estaba tal como lo había visto al comienzo. Noté que seguía el camino que tomaba el grueso del público, pero me era imposible comprender lo misterioso de sus acciones.
Mientras andábamos los grupos se hicieron menos compactos y la inquietud y vacilación del viejo volvieron a manifestarse. Durante un rato siguió de cerca a una ruidosa banda formada por diez o doce personas; pero poco a poco sus integrantes se fueron separando, hasta que sólo tres de ellos quedaron juntos en una calleja angosta y sombría, casi desierta. El desconocido se detuvo y por un momento pareció perdido en sus pensamientos; luego, lleno de agitación, siguió rápidamente una ruta que nos llevó a los límites de la ciudad y a zonas muy diferentes de las que habíamos atravesado hasta entonces. Era el barrio más ruidoso de Londres, donde cada cosa ostentaba los peores estigmas de la pobreza y del crimen. A la débil luz de uno de los escasos faroles se veían altos, antiguos y carcomidos edificios de madera, peligrosamente inclinados de manera tan rara y caprichosa que apenas sí podía discernirse entre ellos algo así como un pasaje. Las piedras del pavimento estaban sembradas al azar, arrancadas de sus lechos por la cizaña. La más horrible inmundicia se acumulaba en las cunetas. Toda la atmósfera estaba bañada en desolación. Sin embargo, a medida que avanzábamos los sonidos de la vida humana crecían gradualmente y al final nos encontramos entre grupos del más vil populacho de Londres, que se paseaban tambaleantes de un lado a otro. Otra vez pareció reanimarse el viejo, como una lámpara cuyo aceite está a punto de extinguirse. Otra vez echó a andar con elásticos pasos. Doblamos bruscamente en una esquina, nos envolvió una luz brillante y nos vimos frente a uno de los enormes templos suburbanos de la Intemperancia, uno de los palacios del demonio Ginebra.
Faltaba ya poco para el amanecer, pero gran cantidad de miserables borrachos entraban y salían todavía por la ostentosa puerta. Con un sofocado grito de alegría el viejo se abrió paso hasta el interior, adoptó al punto su actitud primitiva y anduvo de un lado a otro entre la multitud, sin motivo aparente. No llevaba mucho tiempo así, cuando un súbito movimiento general hacia la puerta reveló que la casa estaba a punto de ser cerrada. Algo aún más intenso que la desesperación se pintó entonces en las facciones del extraño ser a quien venía observando con tanta pertinacia. No vaciló, sin embargo, en su carrera, sino que con una energía de maniaco volvió sobre sus pasos hasta el corazón de la enorme Londres. Corrió rápidamente y durante largo tiempo, mientras yo lo seguía, en el colmo del asombro, resuelto a no abandonar algo que me interesaba más que cualquier otra cosa. Salió el sol mientras seguíamos andando y, cuando llegamos de nuevo a ese punto donde se concentra la actividad comercial de la populosa ciudad, a la calle del hotel D..., la vimos casi tan llena de gente y de actividad como la tarde anterior. Y aquí, largamente, entre la confusión que crecía por momentos, me obstiné en mi persecución del extranjero. Pero, como siempre, andando de un lado a otro, y durante todo el día no se alejó del torbellino de aquella calle. Y cuando llegaron las sombras de la segunda noche, y yo me sentía cansado a morir, enfrenté al errabundo y me detuve, mirándolo fijamente en la cara. Sin reparar en mí, reanudó su solemne paseo, mientras yo, cesando de perseguirlo, me quedaba sumido en su contemplación.
-Este viejo -dije por fin-representa el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud. Sería vano seguirlo, pues nada más aprenderé sobre él y sus acciones. El peor corazón del mundo es un libro más repelente que el Hortulus Animae, y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios el que er lässt sich nicht lesen.
FIN
Traducción de Julio Cortázar
El hombre de la multitud
Edgar Allan
Ce grand malheur de ne pouvoir être seul (La Bruyère)
Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er lässt sich nicht lesen -no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba. Y así la esencia de todo crimen queda inexpresada. No hace mucho tiempo, en un atardecer de otoño, hallábame sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café D..., en Londres. Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el retorno de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del ennui; disposición llena de apetencia, en la que se desvanecen los vapores de la visión interior y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel cotidiano, así como la vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la alocada y endeble retórica de Gorgias. El solo hecho de respirar era un goce, e incluso de muchas fuentes legítimas del dolor extraía yo un placer. Sentía un interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba. Con un cigarro en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido gran parte de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados por el humo.
Dicha calle es una de las principales avenidas de la ciudad, y durante todo el día había transitado por ella una densa multitud. Al acercarse la noche, la afluencia aumentó, y cuando se encendieron las lámparas pudo verse una doble y continua corriente de transeúntes pasando presurosos ante la puerta. Nunca me había hallado a esa hora en el café, y el tumultuoso mar de cabezas humanas me llenó de una emoción deliciosamente nueva. Terminé por despreocuparme de lo que ocurría adentro y me absorbí en la contemplación de la escena exterior.
Al principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto y general. Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los detalles, examinando con minucioso interés las innumerables variedades de figuras, vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y expresiones.
La gran mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento. Fruncían las cejas y giraban vivamente los ojos; cuando otros transeúntes los empujaban, no daban ninguna señal de impaciencia, sino que se alisaban la ropa y continuaban presurosos. Otros, también en gran número, se movían incansables, rojos los rostros, hablando y gesticulando consigo mismos como si la densidad de la masa que los rodeaba los hiciera sentirse solos. Cuando hallaban un obstáculo a su paso cesaban bruscamente de mascullar pero redoblaban sus gesticulaciones, esperando con sonrisa forzada y ausente que los demás les abrieran camino. Cuando los empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían llenos de confusión. Pero, fuera de lo que he señalado, no se advertía nada distintivo en esas dos clases tan numerosas. Sus ropas pertenecían a la categoría tan agudamente denominada decente. Se trataba fuera de duda de gentileshombres, comerciantes, abogados, traficantes y agiotistas; de los eupátridas y la gente ordinaria de la sociedad; de hombres dueños de su tiempo, y hombres activamente ocupados en sus asuntos personales, que dirigían negocios bajo su responsabilidad. Ninguno de ellos llamó mayormente mi atención.
El grupo de los amanuenses era muy evidente, y en él discerní dos notables divisiones. Estaban los empleados menores de las casas ostentosas, jóvenes de ajustadas chaquetas, zapatos relucientes, cabellos con pomada y bocas desdeñosas. Dejando de lado una cierta apostura que, a falta de mejor palabra, cabría denominar oficinesca, el aire de dichas personas me parecía el exacto facsímil de lo que un año o año y medio antes había constituido la perfección del bon ton. Afectaban las maneras ya desechadas por la clase media -y esto, creo, da la mejor definición posible de su clase.
La división formada por los empleados superiores de las firmas sólidas, los «viejos tranquilos», era inconfundible. Se los reconocía por sus chaquetas y pantalones negros o castaños, cortados con vistas a la comodidad; las corbatas y chalecos, blancos; los zapatos, anchos y sólidos, y las polainas o los calcetines, espesos y abrigados. Todos ellos mostraban señales de calvicie, y la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente separada. Noté que siempre se quitaban o ponían el sombrero con ambas manos y que llevaban relojes con cortas cadenas de oro de maciza y antigua forma. Era la suya la afectación de respetabilidad, si es que puede existir una afectación tan honorable.
Había aquí y allá numerosos individuos de brillante apariencia, que fácilmente reconocí como pertenecientes a esa especie de carteristas elegantes que infesta todas las grandes ciudades. Miré a dicho personaje con suma detención y me resultó difícil concebir cómo los caballeros podían confundirlos con sus semejantes. Lo exagerado del puño de sus camisas y su aire de excesiva franqueza los traicionaba inmediatamente.
Los jugadores profesionales -y había no pocos- eran aún más fácilmente reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño tahúr de feria, con su chaleco de terciopelo, corbatín de fantasía, cadena dorada y botones de filigrana, hasta el pillo, vestido con escrupulosa y clerical sencillez, que en modo alguno se presta a despertar sospechas. Sin embargo, todos ellos se distinguían por el color terroso y atezado de la piel, la mirada vaga y perdida y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos que me permitían identificarlos siempre; un tono reservadamente bajo al conversar, y la extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los dedos. Junto a estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera algo diferente, sin dejar de ser pájaros del mismo plumaje. Cabría definirlos como caballeros que viven de su ingenio. Parecen precipitarse sobre el público en dos batallones: el de los dandys y el de los militares. En el primer grupo, los rasgos característicos son los cabellos largos y las sonrisas; en el segundo, los levitones y el aire cejijunto.
Bajando por la escala de lo que da en llamarse superioridad social, encontré temas de especulación más sombríos y profundos. Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando en rostros cuyas restantes facciones sólo expresaban abyecta humildad; empedernidos mendigos callejeros profesionales, rechazando con violencia a otros mendigos de mejor estampa, a quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna; débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme mano y que avanzaban vacilantes entre la muchedumbre, mirando cada rostro con aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna perdida esperanza; modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor y se encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas que indignadas ante las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible evitar; rameras de toda clase y edad, con la inequívoca belleza en la plenitud de su feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol de Paros y por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el último grado de la ruina; el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos, que hace un último esfuerzo para salvar la juventud; la niña de formas apenas núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las horribles coqueterías de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con sus mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos harapientos y remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra, amoratado el rostro y opacos los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias, el aire provocador pero vacilante, gruesos labios sensuales y rostros rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez fueron buenos y que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con paso más firme y más vivo que el natural, pero cuyos rostros se ven espantosamente pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la multitud se toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y, junto a ellos, pasteleros, mozos de cordel, acarreadores de carbón, deshollinadores, organilleros, exhibidores de monos amaestrados, cantores callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos desastrados, obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa.
A medida que la noche se hacía más profunda, también era más profundo mi interés por la escena; no sólo el aspecto general de la multitud cambiaba materialmente (pues sus rasgos más agradables desaparecían a medida que el sector ordenado de la población se retiraba y los más ásperos se reforzaban con el surgir de todas las especies de infamia arrancadas a sus guaridas por lo avanzado de la hora), sino que los resplandores del gas, débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y esparcían en derredor una luz agitada y deslumbrante. Todo era negro y, sin embargo, espléndido, como el ébano con el cual fue comparado el estilo de Tertuliano.
Los extraños efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la gente y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me impedía lanzar más de una ojeada a cada rostro, me pareció que, en mi singular disposición de ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve intervalo de una mirada.
Pegada la frente a los cristales, ocupábame en observar la multitud, cuando de pronto se me hizo visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus propias encarnaciones pictóricas del demonio. Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación. «¡Qué extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura, flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de excelente tela, y, si mis ojos no se engañaban, a través de un desgarrón del abrigo de segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y de un puñal. Estas observaciones enardecieron mi curiosidad y resolví seguir al desconocido a dondequiera que fuese.
Era ya noche cerrada y la espesa niebla húmeda que envolvía la ciudad no tardó en convertirse en copiosa lluvia. El cambio de tiempo produjo un extraño efecto en la multitud, que volvió a agitarse y se cobijó bajo un mundo de paraguas. La ondulación, los empujones y el rumor se hicieron diez veces más intensos. Por mi parte la lluvia no me importaba mucho; en mi organismo se escondía una antigua fiebre para la cual la humedad era un placer peligrosamente voluptuoso. Me puse un pañuelo sobre la boca y seguí andando. Durante media hora el viejo se abrió camino dificultosamente a lo largo de la gran avenida, y yo seguía pegado a él por miedo a perderlo de vista. Como jamás se volvía, no me vio. Entramos al fin en una calle transversal que, aunque muy concurrida, no lo estaba tanto como la que acabábamos de abandonar. Inmediatamente advertí un cambio en su actitud. Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar. Cruzó repetidas veces a un lado y otro de la calle, sin propósito aparente; la multitud era todavía tan densa que me veía obligado a seguirlo de cerca. La calle era angosta y larga y la caminata duró casi una hora, durante la cual los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad norteamericana más populosa). Un nuevo cambio de dirección nos llevó a una plaza brillantemente iluminada y rebosante de vida. El desconocido recobró al punto su actitud primitiva. Dejó caer el mentón sobre el pecho, mientras sus ojos giraban extrañamente bajo el entrecejo fruncido, mirando en todas direcciones hacia los que le rodeaban. Se abría camino con firmeza y perseverancia. Me sorprendió, sin embargo, advertir que, luego de completar la vuelta a la plaza, volvía sobre sus pasos. Y mucho más me asombró verlo repetir varias veces el mismo camino, en una de cuyas ocasiones estuvo a punto de descubrirme cuando se volvió bruscamente.
Otra hora transcurrió en esta forma, al fin de la cual los transeúntes habían disminuido sensiblemente. Seguía lloviendo con fuerza, hacía fresco y la gente se retiraba a sus casas. Con un gesto de impaciencia el errabundo entró en una calle lateral comparativamente desierta. Durante cerca de un cuarto de milla anduvo por ella con una agilidad que jamás hubiera soñado en una persona de tanta edad, y me obligó a gastar mis fuerzas para poder seguirlo. En pocos minutos llegamos a una feria muy grande y concurrida, cuya disposición parecía ser familiar al desconocido. Inmediatamente recobró su actitud anterior, mientras se abría paso a un lado y otro, sin propósito alguno, mezclado con la muchedumbre de compradores y vendedores.
Durante la hora y media aproximadamente que pasamos en el lugar debí obrar con suma cautela para mantenerme cerca sin ser descubierto. Afortunadamente llevaba chanclos que me permitían andar sin hacer el menor ruido. En ningún momento notó el viejo que lo espiaba. Entró de tienda en tienda, sin informarse de nada, sin decir palabra y mirando las mercancías con ojos ausentes y extraviados. A esta altura me sentía lleno de asombro ante su conducta, y estaba resuelto a no perderle pisada hasta satisfacer mi curiosidad. Un reloj dio sonoramente las once, y los concurrentes empezaron a abandonar la feria. Al cerrar un postigo, uno de los tenderos empujó al viejo, e instantáneamente vi que corría por su cuerpo un estremecimiento. Lanzóse a la calle, mirando ansiosamente en todas direcciones, y corrió con increíble velocidad por varias callejuelas sinuosas y abandonadas, hasta volver a salir a la gran avenida de donde habíamos partido, la calle del hotel D... Pero el aspecto del lugar había cambiado. Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció. Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto. Otra vez cayó su cabeza sobre el pecho; estaba tal como lo había visto al comienzo. Noté que seguía el camino que tomaba el grueso del público, pero me era imposible comprender lo misterioso de sus acciones.
Mientras andábamos los grupos se hicieron menos compactos y la inquietud y vacilación del viejo volvieron a manifestarse. Durante un rato siguió de cerca a una ruidosa banda formada por diez o doce personas; pero poco a poco sus integrantes se fueron separando, hasta que sólo tres de ellos quedaron juntos en una calleja angosta y sombría, casi desierta. El desconocido se detuvo y por un momento pareció perdido en sus pensamientos; luego, lleno de agitación, siguió rápidamente una ruta que nos llevó a los límites de la ciudad y a zonas muy diferentes de las que habíamos atravesado hasta entonces. Era el barrio más ruidoso de Londres, donde cada cosa ostentaba los peores estigmas de la pobreza y del crimen. A la débil luz de uno de los escasos faroles se veían altos, antiguos y carcomidos edificios de madera, peligrosamente inclinados de manera tan rara y caprichosa que apenas sí podía discernirse entre ellos algo así como un pasaje. Las piedras del pavimento estaban sembradas al azar, arrancadas de sus lechos por la cizaña. La más horrible inmundicia se acumulaba en las cunetas. Toda la atmósfera estaba bañada en desolación. Sin embargo, a medida que avanzábamos los sonidos de la vida humana crecían gradualmente y al final nos encontramos entre grupos del más vil populacho de Londres, que se paseaban tambaleantes de un lado a otro. Otra vez pareció reanimarse el viejo, como una lámpara cuyo aceite está a punto de extinguirse. Otra vez echó a andar con elásticos pasos. Doblamos bruscamente en una esquina, nos envolvió una luz brillante y nos vimos frente a uno de los enormes templos suburbanos de la Intemperancia, uno de los palacios del demonio Ginebra.
Faltaba ya poco para el amanecer, pero gran cantidad de miserables borrachos entraban y salían todavía por la ostentosa puerta. Con un sofocado grito de alegría el viejo se abrió paso hasta el interior, adoptó al punto su actitud primitiva y anduvo de un lado a otro entre la multitud, sin motivo aparente. No llevaba mucho tiempo así, cuando un súbito movimiento general hacia la puerta reveló que la casa estaba a punto de ser cerrada. Algo aún más intenso que la desesperación se pintó entonces en las facciones del extraño ser a quien venía observando con tanta pertinacia. No vaciló, sin embargo, en su carrera, sino que con una energía de maniaco volvió sobre sus pasos hasta el corazón de la enorme Londres. Corrió rápidamente y durante largo tiempo, mientras yo lo seguía, en el colmo del asombro, resuelto a no abandonar algo que me interesaba más que cualquier otra cosa. Salió el sol mientras seguíamos andando y, cuando llegamos de nuevo a ese punto donde se concentra la actividad comercial de la populosa ciudad, a la calle del hotel D..., la vimos casi tan llena de gente y de actividad como la tarde anterior. Y aquí, largamente, entre la confusión que crecía por momentos, me obstiné en mi persecución del extranjero. Pero, como siempre, andando de un lado a otro, y durante todo el día no se alejó del torbellino de aquella calle. Y cuando llegaron las sombras de la segunda noche, y yo me sentía cansado a morir, enfrenté al errabundo y me detuve, mirándolo fijamente en la cara. Sin reparar en mí, reanudó su solemne paseo, mientras yo, cesando de perseguirlo, me quedaba sumido en su contemplación.
-Este viejo -dije por fin-representa el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud. Sería vano seguirlo, pues nada más aprenderé sobre él y sus acciones. El peor corazón del mundo es un libro más repelente que el Hortulus Animae, y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios el que er lässt sich nicht lesen.
FIN
Traducción de Julio Cortázar
viernes, 30 de octubre de 2009
Meditaciones sobre el cuerpo II
Parte II. Pensar la sociedad y el cuerpo.
Si siempre estamos preguntándonos sobre quiénes somos y decimos no poder concebirnos fuera de la sociedad, deberíamos continuar aclarando que eso no es negar las individualidades. Todo lo contrario. El concebir la individualidad en sociedad se trata de ver que es una especie de “elección natural”. Difícilmente un hombre/ mujer se piense a sí mismo viviendo fuera de la sociedad (aunque a veces, sobre todo los estratos burgueses piensen en eso, es parte de aprender a vivir con la queja, como Mirtha Legrand).
Lo individual en sociedad se puede entender en la reflexión sobre el poder. ¿Qué es el poder? ¿Cómo se ejerce? Parecería muy atrevido en este espacio atinar a responder estas preguntas, pero creo que puedo arrimar algunas consideraciones que sirven a mi reflexión.
Sin detenerme demasiado en cada caso, es indudable que algunos explican que el poder es algo que se detenta, que algunos están para ordenar y otros para obedecer. Las reflexiones de Hobbes, Maquiavelo, Schopenhauer, Hegel, Freud y tantos otros nos acostumbraron a eso al punto de que es parte del imaginario, del sentido común[i]. Que la idea de que el hombre solo puede vivir en sociedad se entienda como una realidad inevitable, muchas veces vuelve inevitable que haya amos y esclavos, ricos y pobres, dueños y carentes, etc. Por otro lado, diferentes teorías críticas de la modernidad nos permiten pensar que el poder se construye. Marx, Nietzsche, Gramsci, Lacan, Foucault y Bourdieu, entre otros, nos permiten pensar las formas en que se presenta el poder y, a veces, cómo tratar de contrarrestarlo.
Más pertinente aún parece entender, ahora, que ese poder se construye desde/ hacia, por/ para el cuerpo de los individuos. Ver desarrollos analíticos de Foucault[ii] sobre la medicina o de Barthes[iii] sobre la moda, nos aclara qué relación existe entre nuestros cuerpos y el poder. La medicina se instala entre nosotros y trae consigo la mochila de un cuerpo que es totalmente examinable, manipulable, un objeto más en contraposición a antiguas ideas sobre el cuerpo como “santuario del alma”. La moda se impone comercialmente cargando un cuerpo exhibido, público y depositario de productos. La vida de cualquier individuo con un cuerpo manipulable y público aparece factible de ser juzgada, regulada y defendida. A su vez, la expansión tecnológica que es, en primera instancia, una expansión económica, reconfigura el lugar del cuerpo. El cuerpo pasa a ser una extensión de las tecnologías (y no al revés).
Allí encontramos entonces técnicas y prácticas que mantienen al cuerpo en ese lugar: El modo en que se realizan las encuestas de opinión, la división de las prácticas – y hasta las ideas- entre femenino y masculino, los desfiles de moda, las ropas para hombres diferenciadas de las de las mujeres, las cárceles, los hospitales, los artículos electrodomésticos, las investigaciones científicas que gastan millones de billetes al año, etc. Se podría pensar así, en una mixtura entre cuerpo y economía, mejor dicho, entre cuerpo y sociedad. La organización del Estado que floreció después de la Segunda Guerra Mundial con gran fuerza, el llamado Estado de Bienestar, podría pensarse como una respuesta lógica para defender el cuerpo ante los embates de las guerras y la malicia del mercado. Más allá de que el Estado de Bienestar signifique políticamente la contención del cambio social[iv], permite algunas consideraciones sobre un nuevo lugar del cuerpo en nuestra sociedad. Herbert Marcuse, en una de sus grandes reflexiones detallaba: “las perspectivas de la contención del cambio, ofrecidas por la política de la racionalidad tecnológica, dependen de las perspectivas del Estado de bienestar. Tal Estado parece capaz de elevar el nivel de la vida ‘administrada’, capacidad inherente a todas las sociedades industriales avanzadas donde el aparato técnico dinámico —establecido como poder separado que actúa sobre y por encima de los individuos— depende para su funcionamiento del desarrollo y la expansión intensificada de la productividad. Bajo estas condiciones, la decadencia de la libertad y la oposición no es un asunto de deterioración, o corrupción moral o intelectual. Es más bien un proceso social objetivo en la medida en que la producción y distribución de una cantidad cada vez mayor de bienes y servicios hace de la sumisión una actitud tecnológica racional”[v].
Ahí está la conjunción (si uno quiere verlo por separado) de la economía, el Estado, el desarrollo tecnológico para regular, vigilar, administrar o controlar la vida।
[i] Cuando pienso en sentido común, pienso en la conformación de un sentido colectivo que obedece a la lógica del poder, de la clase dominante, más allá de cómo se manifieste. Por lo general, este sentido colectivo, permite diluir las posiciones críticas en términos de “opiniones”. Sartre escribe en sus “ Reflexiones sobre la cuestión judía” algo que ejemplifica perfectamente el funcionamiento de los imaginarios sociales que reproducen la lógica del sistema: “Esta palabra opinión hace meditar. Es la que emplea la dueña de casa para poner fin a una discusión que corre peligro de agriarse”
[ii] Ver “Historia de la sexualidad”, “El nacimiento de la clínica” de Foucault, entre otros.
[iii] Su análisis en “El sistema de la moda” puede servir de ejemplo.
[iv] Creo que su condición histórica y estructural de barrera de cambios profundos es indudable, aunque no es algo que interese directamente a esta meditación.
[v] Marcuse, Herbert. “El hombre unidimensional”. Seix Barral. 1971. Pág. 79.
Si siempre estamos preguntándonos sobre quiénes somos y decimos no poder concebirnos fuera de la sociedad, deberíamos continuar aclarando que eso no es negar las individualidades. Todo lo contrario. El concebir la individualidad en sociedad se trata de ver que es una especie de “elección natural”. Difícilmente un hombre/ mujer se piense a sí mismo viviendo fuera de la sociedad (aunque a veces, sobre todo los estratos burgueses piensen en eso, es parte de aprender a vivir con la queja, como Mirtha Legrand).
Lo individual en sociedad se puede entender en la reflexión sobre el poder. ¿Qué es el poder? ¿Cómo se ejerce? Parecería muy atrevido en este espacio atinar a responder estas preguntas, pero creo que puedo arrimar algunas consideraciones que sirven a mi reflexión.
Sin detenerme demasiado en cada caso, es indudable que algunos explican que el poder es algo que se detenta, que algunos están para ordenar y otros para obedecer. Las reflexiones de Hobbes, Maquiavelo, Schopenhauer, Hegel, Freud y tantos otros nos acostumbraron a eso al punto de que es parte del imaginario, del sentido común[i]. Que la idea de que el hombre solo puede vivir en sociedad se entienda como una realidad inevitable, muchas veces vuelve inevitable que haya amos y esclavos, ricos y pobres, dueños y carentes, etc. Por otro lado, diferentes teorías críticas de la modernidad nos permiten pensar que el poder se construye. Marx, Nietzsche, Gramsci, Lacan, Foucault y Bourdieu, entre otros, nos permiten pensar las formas en que se presenta el poder y, a veces, cómo tratar de contrarrestarlo.
Más pertinente aún parece entender, ahora, que ese poder se construye desde/ hacia, por/ para el cuerpo de los individuos. Ver desarrollos analíticos de Foucault[ii] sobre la medicina o de Barthes[iii] sobre la moda, nos aclara qué relación existe entre nuestros cuerpos y el poder. La medicina se instala entre nosotros y trae consigo la mochila de un cuerpo que es totalmente examinable, manipulable, un objeto más en contraposición a antiguas ideas sobre el cuerpo como “santuario del alma”. La moda se impone comercialmente cargando un cuerpo exhibido, público y depositario de productos. La vida de cualquier individuo con un cuerpo manipulable y público aparece factible de ser juzgada, regulada y defendida. A su vez, la expansión tecnológica que es, en primera instancia, una expansión económica, reconfigura el lugar del cuerpo. El cuerpo pasa a ser una extensión de las tecnologías (y no al revés).
Allí encontramos entonces técnicas y prácticas que mantienen al cuerpo en ese lugar: El modo en que se realizan las encuestas de opinión, la división de las prácticas – y hasta las ideas- entre femenino y masculino, los desfiles de moda, las ropas para hombres diferenciadas de las de las mujeres, las cárceles, los hospitales, los artículos electrodomésticos, las investigaciones científicas que gastan millones de billetes al año, etc. Se podría pensar así, en una mixtura entre cuerpo y economía, mejor dicho, entre cuerpo y sociedad. La organización del Estado que floreció después de la Segunda Guerra Mundial con gran fuerza, el llamado Estado de Bienestar, podría pensarse como una respuesta lógica para defender el cuerpo ante los embates de las guerras y la malicia del mercado. Más allá de que el Estado de Bienestar signifique políticamente la contención del cambio social[iv], permite algunas consideraciones sobre un nuevo lugar del cuerpo en nuestra sociedad. Herbert Marcuse, en una de sus grandes reflexiones detallaba: “las perspectivas de la contención del cambio, ofrecidas por la política de la racionalidad tecnológica, dependen de las perspectivas del Estado de bienestar. Tal Estado parece capaz de elevar el nivel de la vida ‘administrada’, capacidad inherente a todas las sociedades industriales avanzadas donde el aparato técnico dinámico —establecido como poder separado que actúa sobre y por encima de los individuos— depende para su funcionamiento del desarrollo y la expansión intensificada de la productividad. Bajo estas condiciones, la decadencia de la libertad y la oposición no es un asunto de deterioración, o corrupción moral o intelectual. Es más bien un proceso social objetivo en la medida en que la producción y distribución de una cantidad cada vez mayor de bienes y servicios hace de la sumisión una actitud tecnológica racional”[v].
Ahí está la conjunción (si uno quiere verlo por separado) de la economía, el Estado, el desarrollo tecnológico para regular, vigilar, administrar o controlar la vida।
[i] Cuando pienso en sentido común, pienso en la conformación de un sentido colectivo que obedece a la lógica del poder, de la clase dominante, más allá de cómo se manifieste. Por lo general, este sentido colectivo, permite diluir las posiciones críticas en términos de “opiniones”. Sartre escribe en sus “ Reflexiones sobre la cuestión judía” algo que ejemplifica perfectamente el funcionamiento de los imaginarios sociales que reproducen la lógica del sistema: “Esta palabra opinión hace meditar. Es la que emplea la dueña de casa para poner fin a una discusión que corre peligro de agriarse”
[ii] Ver “Historia de la sexualidad”, “El nacimiento de la clínica” de Foucault, entre otros.
[iii] Su análisis en “El sistema de la moda” puede servir de ejemplo.
[iv] Creo que su condición histórica y estructural de barrera de cambios profundos es indudable, aunque no es algo que interese directamente a esta meditación.
[v] Marcuse, Herbert. “El hombre unidimensional”. Seix Barral. 1971. Pág. 79.
jueves, 8 de octubre de 2009
Meditaciones sobre el cuerpo I
Parte 1 Pensar la filosofía y el cuerpo
¿Quién soy?
Responder esta pregunta es una tarea ardua para cualquier persona. Principalmente lo es porque difícilmente alguien se lo pregunte. En estas épocas, signadas por los cambios tecnológicos, la velocidad y donde la imagen parece explicarlo todo, nuestras condiciones humanas aparecen desaparecidas. Lewis Mumford nos ayuda a entender este fenómeno cuando piensa la actual realidad de la ciencia y la técnica: “ El método de la ciencia y la tecnología en sus formas perfeccionadas implica una esterilización del ego, una eliminación, dentro de lo posible, de toda tendencia y preferencia humana, incluyendo la complacencia humana en la propia imagen del hombre y la creencia instintiva en las representaciones inmediatas de sus fantasías”[i]. De este modo, cuando tratamos de responder esta pregunta se nos hace difícil pensar el ser, ya que lo humano está velado[ii]. Allí lo primero que hacemos es dudar de todo. Nos parece que como seres humanos estamos lejos de todo lo que nos pasa. Así estoy al momento de responder esta pregunta. No estoy muy seguro de nada.
De modo que, para responder a esta pregunta, el primer acercamiento que debo hacer es aquel del que partía Descartes en la primera de sus Meditaciones Metafísicas: Debo romper todas mis anteriores opiniones[iii]. Todas las cosas que sé sobre la forma en que me puedo entenderme con los otros que me rodean las tengo que poner en duda, los usos de las tecnologías, de las herramientas, etc. Dudo de lo que es el otro, de lo que son las cosas, de lo que son las técnicas de progreso humano que me permiten entablar una relación “x” con los otros y con las cosas. Dudo de mí, es decir, no sé bien quién soy.
El hecho de dudar sobre mí e intentar romper todas las opiniones que tenía antes no me lleva, sin embargo, a seguir el razonamiento de Descartes e ir en búsqueda de la verdad sobre mí, sobre la existencia de Dios. Esta duda me lleva a preguntarme sobre las cosas, sobre las tecnologías y sobre mi relación con ellas. Me pregunto sobre cómo son esas relaciones, no me interesa acercarme a la Verdad. Me interesa definirme a través de las prácticas que realizo, que, por otra parte es la otra certeza de la que parte el mismo Descartes: La certeza de la existencia del cuerpo[iv].
¿Quién soy yo?
Entiendo que, a través del cuerpo, de la experiencia vivida llevo a entenderme con ellas, con las cosas, y será allí donde puedo atinar una respuesta a la pregunta inicial: ¿quién soy?. Encuentro un punto de partida para pensar desde la práctica desde que Marx desarrolló su frase famosa: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”[v]. Es pertinente, quizás, responderme primero por qué encuentro unida la experiencia al cuerpo y la respuesta se me hace fácil, más allá de cualquier teoría filosófica o antropológica: porque las cosas las hago con el cuerpo.
Desde mediados del siglo XIX, quizás no es casual que sea en ese momento, se comienza a pensar las prácticas humanas como determinantes de la existencia, del ser. Hoy podríamos llamar estos pensamientos teoría de la praxis, después de teóricos como Nietzsche, Horkheimer, Gramsci, etc. Por ejemplo, cuando Michel Henry reflexiona sobre la práctica del trabajo, desde esta teoría, deja bien en claro la pertinencia del cuerpo en el análisis: “ Es el despliegue irreductiblemente singular del poder de un cuerpo en esencia individual, y en esta realización muda de las potencialidades de la subjetividad orgánica librada a lo inefable de su noche, él solo “sabe” lo que él es de sí mismo, de su esfuerzo y de su sufrimiento”[vi]. Más allá de las consideraciones sobre la concepción de Marx y el marxismo sobre el trabajo, se muestra la importancia del cuerpo en la relación y reconocimiento de lo que soy/ somos.
El cuerpo, mi cuerpo, aparece puesto acá. El cuerpo, otro cuerpo del otro, aparece puesto acá. Pensar y reflexionar en este sentido se pueda hacer quizás desde el psicoanálisis lacaniano, pero antes nos podemos encontrar con algunas consideraciones que pueden acercarme a una respuesta al cuerpo y, por lo tanto, a responder la pregunta inicial: ¿quién soy?.
Hay una relación evidente entre lo que pienso y lo que hago con mi cuerpo. No sé si primero pienso y después hago, si primero hago y luego pienso, de lo que sí estoy seguro es de que, como explicaba más arriba, me relaciono con el mundo porque pienso esa relación. Ese pensamiento sobre lo que hago y cómo lo hago quizás sea una respuesta a la pregunta. Pero, ¿qué es lo que hace reaccionar al cuerpo?, ¿de dónde salen las acciones de mi cuerpo?. Un acercamiento a estas preguntas lo desarrolla Gregory Bateson cuando piensa la relación entre la mente y el cuerpo. Dice en una conferencia en 1970: “Intelectualmente puedo plantarme ante ustedes y brindarles una exposición razonada de este asunto – nuestra forma de pensar- ; pero si corto un árbol, todavía sigo pensando: Gregory Bateson está talando el árbol. Yo estoy talando el árbol. ‘Yo mismo’ sigue siendo para mi un objeto excesivamente concreto, diferente del resto de lo que he llamado ‘mente’.”[vii]. Esta relación indisoluble entre la mente y el cuerpo me lleva a pensar que yo soy esa relación, pero en esa conferencia Bateson afirma algo que me ayuda a seguir pensando y a poner en duda algunas cosas que pienso hasta ahora: “Considero que la delimitación de una mente individual depende siempre de cuales son los fenómenos que queramos comprender y explicar. Es obvio que existen cantidades de vías de mensaje fuera de la piel y estas, junto con los mensajes que transportan deben ser incluidas como parte del sistema mental toda vez que sean pertinentes“[viii]
Me resulta muy interesante esta idea de que lo que delimita una mente individual, un pensamiento, depende siempre de lo que queramos explicar. Si yo quiero explicar quién soy, ¿cómo se delimita mi pensamiento?. Quizás para Bateson lo que lo delimita sean las cosas que rodean ese pensamiento, en este caso ese quién soy. Ahora ese quién soy pueden ser esas prácticas que yo realizo, esa relación que establece mi mente y mi cuerpo con las cosas. Vuelvo hasta acá a la idea de Henry sobre el individuo a partir de la teoría de la praxis. Entiendo que no hay otra manera de responder(me) quién soy yo.
Ahora, pienso que partir de la teoría de la praxis, me “obligo” a preguntarme sobre qué relación mantengo yo con las cosas y con los otros, con las otras personas que me rodean cuando realizo mis actividades, cualquiera sean estas। Me pregunto entonces si yo soy algo diferente de lo que son las cosas y de lo que son los otros que me rodean. Nuevamente me aparece esa idea de que estoy determinado por la vida, por lo que hago y no por lo que pienso. Además la diferencia entre lo que soy, lo que son las cosas y lo que son los otros me aparece, llamativamente, como algo definido por la esencia de lo que hago porque yo hago algo, las cosas hacen algo y los otros hacen algo. Es decir, yo, las cosas y los otros somos parte de lo mismo, pero ¿ de qué somos parte?
¿Quién soy nosotros?
Todos, yo, las cosas y los otros somos partes de lo mismo. Es decir, somos el mundo. Así caben las preguntas ¿ Qué es el mundo?, ¿Qué somos nosotros?, en vez de preguntar(me), ¿quién soy yo?. Tengo, entonces que preguntarme si hay diferencia entre lo que esta dentro y fuera de mí. Me pregunto: ¿Qué es lo interior y lo exterior a mí? Explica Toshihiko Izutsu: “En la formación espiritual del Extremo Oriente, el problema de la distinción y de la relación entre el interior y el exterior ha jugado siempre un papel determinante”[ix]. Si yo me lo pregunto desde Occidente y esta duda surge también con importancia en Oriente podría animarme a decir que entre Oriente y Occidente no hay grandes diferencias.
Pienso que quizás no haya diferencias en las prácticas entre Oriente y Occidente. Todos necesitamos ciertas cosas para subsistir. La diferencia, entonces, podría estar en cómo hacemos las cosas, en cómo nos relacionamos con las cosas y con los otros seres humanos. La diferencia en cómo hacemos las cosas me queda maravillosamente explicada en el ejercicio del tiro con arco que realiza Eugen Herrigel con su maestro Zen[x]. ¿Ahí estará la respuesta a quién soy?. Pienso, ¿en esa diferencia de prioridades?, ¿la misma desesperación de Descartes por la Verdad no es la desesperación de Herrigel por no dar en el blanco con la flecha?. Parece que sí.
Parece que la forma en que hacemos las cosas es la que determina quienes somos. Ahí está la diferencia entre yo, las cosas y los otros seres humanos. Este lugar es el que me encuentro, ahora, estancado. ¿Cómo encuentro las diferencias entre lo que yo hago y mi “exterior”? ¿Cómo puedo pensar qué hago si no es comparándola con lo que hacen las cosas y lo que hacen los demás?. Estas son las preguntas de las que parte Gramsci en su artículo “¿Qué es el hombre?” para pensar las relaciones sociales: “Es la pregunta primera y principal de la filosofía. ¿Cómo contestarla? La definición puede hallarse en el hombre mismo, o sea, en cada individuo. Pero, ¿ es correcta?. En cada hombre puede hallarse lo que es cada hombre individual.” [xi] Y se responde algo que arrima una pequeña respuesta desde la filosofía de la praxis: “Decimos, pues, que el hombre es un proceso y precisamente el proceso de sus actos”.[xii] He aquí una diferencia, entonces. Soy el proceso de mis actos lo que me pone indefectiblemente en relación con las demás cosas, con los otros que están “fuera” de mí.
¿Qué es un proceso, entonces? Son todos los acontecimientos de mi historia personal, todos los acontecimientos de la historia humana, todo el tiempo que me llevó llegar a hacer lo que estoy haciendo que es lo que me puede permitir responder(me) quién soy. Es todo el tiempo que sea necesario hasta que Herrigel “comprenda” que lo indispensable no es acertar en el blanco, sino que lo importante es el proceso. La importancia del proceso es la que me ayuda a ver quién soy pero también me ayuda a pensar que hacer, cómo seguir y hasta donde “avanzar”. Incluso cuando la filosofía Zen explica que yo soy indisoluble del resto del mundo aparece la importancia de ese proceso, de ese “camino” para llegar a la Verdad, para vivenciar ese instante de iluminación.
Comencé, para responder esta pregunta, del punto de dudar de todo para encontrar la existencia de mis actos, de mi cuerpo y de las relaciones que se encuentran a través de esa existencia con las cosas y con los otros. Lo que me queda claro, entonces, en principio es que debo pensar lo que soy a partir de lo que soy en sociedad. Ahora, dice Gramsci al terminar su artículo ya citado anteriormente: “ Es un lugar común que el hombre no puede concebirse sino como viviendo en sociedad; pero no se infieren de ese lugar común todas las consecuencias necesarias individuales; también es un lugar común que una determinada sociedad humana presupone una determinada sociedad de las cosas, y que la sociedad humana es posible solo en la medida en que existe una determinada sociedad de las cosas”.[xiii]
Puedo pensar, desde ahí, que más allá de concebirme en sociedad debo ver la particularidad de mi ser, del qué soy que trato de responder(me) a partir de pensar qué animan mis actos en la sociedad y por qué proceso he transitado para llegar a dónde llegué। Es un intento de respuesta, todo el tiempo estoy preguntándome, todo el tiempo estamos preguntándonos quiénes somos, a pesar de vivir en una época que nos invita a no hacerlo. He aquí también la respuesta.
[i] Mumford, L.“Preparación cultural”, Cap.1 en Técnica y civilización. Madrid: Alianza Editorial, 1971.
[ii] Heidegger, M. “La pregunta sobre la técnica” en Revista Ciencia y Técnica. Santiago de Chile. 1983.
[iii] Descartes, R. “Meditaciones acerca de la filosofía primera, en las cuales...” en Meditaciones metafísicas. En la meditación primera Descartes explaya esta idea del siguiente modo: “ ...ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiendo procurado reposo en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones”
[iv] Descartes, R. Op. Cit. Meditación segunda.
[v] Marx, K. Engels, F. En La ideología alemana. Santiago Rueda Editores, Buenos Aires, 2005. Pag. 26
[vi] Henry, M. “La vida y la muerte del marxismo” en Metodología de las Ciencias Sociales.
[vii] Bateson, G. “Forma, sustancia y diferencia” en Pasos hacia una ecología de la mente. Pag. 489
[viii] Bateson, G. Op. Cit. Pag. 493
[ix] Izutsu, T. “El interior y el exterior en el budismo Zen” Cap. 3 en El Koan Zen. Pag. 103
[x] Herrigel, E. El Zen en el arte del tiro con arco.
[xi] Gramsci, A. ¿Qué es el hombre? En Antología. Buenos Aires, Siglo XXI Editores. 2004. Pag. 437
[xii] Gramsci, A. Op Cit.
[xiii] Gramsci, A. Op Cit.
¿Quién soy?
Responder esta pregunta es una tarea ardua para cualquier persona. Principalmente lo es porque difícilmente alguien se lo pregunte. En estas épocas, signadas por los cambios tecnológicos, la velocidad y donde la imagen parece explicarlo todo, nuestras condiciones humanas aparecen desaparecidas. Lewis Mumford nos ayuda a entender este fenómeno cuando piensa la actual realidad de la ciencia y la técnica: “ El método de la ciencia y la tecnología en sus formas perfeccionadas implica una esterilización del ego, una eliminación, dentro de lo posible, de toda tendencia y preferencia humana, incluyendo la complacencia humana en la propia imagen del hombre y la creencia instintiva en las representaciones inmediatas de sus fantasías”[i]. De este modo, cuando tratamos de responder esta pregunta se nos hace difícil pensar el ser, ya que lo humano está velado[ii]. Allí lo primero que hacemos es dudar de todo. Nos parece que como seres humanos estamos lejos de todo lo que nos pasa. Así estoy al momento de responder esta pregunta. No estoy muy seguro de nada.
De modo que, para responder a esta pregunta, el primer acercamiento que debo hacer es aquel del que partía Descartes en la primera de sus Meditaciones Metafísicas: Debo romper todas mis anteriores opiniones[iii]. Todas las cosas que sé sobre la forma en que me puedo entenderme con los otros que me rodean las tengo que poner en duda, los usos de las tecnologías, de las herramientas, etc. Dudo de lo que es el otro, de lo que son las cosas, de lo que son las técnicas de progreso humano que me permiten entablar una relación “x” con los otros y con las cosas. Dudo de mí, es decir, no sé bien quién soy.
El hecho de dudar sobre mí e intentar romper todas las opiniones que tenía antes no me lleva, sin embargo, a seguir el razonamiento de Descartes e ir en búsqueda de la verdad sobre mí, sobre la existencia de Dios. Esta duda me lleva a preguntarme sobre las cosas, sobre las tecnologías y sobre mi relación con ellas. Me pregunto sobre cómo son esas relaciones, no me interesa acercarme a la Verdad. Me interesa definirme a través de las prácticas que realizo, que, por otra parte es la otra certeza de la que parte el mismo Descartes: La certeza de la existencia del cuerpo[iv].
¿Quién soy yo?
Entiendo que, a través del cuerpo, de la experiencia vivida llevo a entenderme con ellas, con las cosas, y será allí donde puedo atinar una respuesta a la pregunta inicial: ¿quién soy?. Encuentro un punto de partida para pensar desde la práctica desde que Marx desarrolló su frase famosa: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”[v]. Es pertinente, quizás, responderme primero por qué encuentro unida la experiencia al cuerpo y la respuesta se me hace fácil, más allá de cualquier teoría filosófica o antropológica: porque las cosas las hago con el cuerpo.
Desde mediados del siglo XIX, quizás no es casual que sea en ese momento, se comienza a pensar las prácticas humanas como determinantes de la existencia, del ser. Hoy podríamos llamar estos pensamientos teoría de la praxis, después de teóricos como Nietzsche, Horkheimer, Gramsci, etc. Por ejemplo, cuando Michel Henry reflexiona sobre la práctica del trabajo, desde esta teoría, deja bien en claro la pertinencia del cuerpo en el análisis: “ Es el despliegue irreductiblemente singular del poder de un cuerpo en esencia individual, y en esta realización muda de las potencialidades de la subjetividad orgánica librada a lo inefable de su noche, él solo “sabe” lo que él es de sí mismo, de su esfuerzo y de su sufrimiento”[vi]. Más allá de las consideraciones sobre la concepción de Marx y el marxismo sobre el trabajo, se muestra la importancia del cuerpo en la relación y reconocimiento de lo que soy/ somos.
El cuerpo, mi cuerpo, aparece puesto acá. El cuerpo, otro cuerpo del otro, aparece puesto acá. Pensar y reflexionar en este sentido se pueda hacer quizás desde el psicoanálisis lacaniano, pero antes nos podemos encontrar con algunas consideraciones que pueden acercarme a una respuesta al cuerpo y, por lo tanto, a responder la pregunta inicial: ¿quién soy?.
Hay una relación evidente entre lo que pienso y lo que hago con mi cuerpo. No sé si primero pienso y después hago, si primero hago y luego pienso, de lo que sí estoy seguro es de que, como explicaba más arriba, me relaciono con el mundo porque pienso esa relación. Ese pensamiento sobre lo que hago y cómo lo hago quizás sea una respuesta a la pregunta. Pero, ¿qué es lo que hace reaccionar al cuerpo?, ¿de dónde salen las acciones de mi cuerpo?. Un acercamiento a estas preguntas lo desarrolla Gregory Bateson cuando piensa la relación entre la mente y el cuerpo. Dice en una conferencia en 1970: “Intelectualmente puedo plantarme ante ustedes y brindarles una exposición razonada de este asunto – nuestra forma de pensar- ; pero si corto un árbol, todavía sigo pensando: Gregory Bateson está talando el árbol. Yo estoy talando el árbol. ‘Yo mismo’ sigue siendo para mi un objeto excesivamente concreto, diferente del resto de lo que he llamado ‘mente’.”[vii]. Esta relación indisoluble entre la mente y el cuerpo me lleva a pensar que yo soy esa relación, pero en esa conferencia Bateson afirma algo que me ayuda a seguir pensando y a poner en duda algunas cosas que pienso hasta ahora: “Considero que la delimitación de una mente individual depende siempre de cuales son los fenómenos que queramos comprender y explicar. Es obvio que existen cantidades de vías de mensaje fuera de la piel y estas, junto con los mensajes que transportan deben ser incluidas como parte del sistema mental toda vez que sean pertinentes“[viii]
Me resulta muy interesante esta idea de que lo que delimita una mente individual, un pensamiento, depende siempre de lo que queramos explicar. Si yo quiero explicar quién soy, ¿cómo se delimita mi pensamiento?. Quizás para Bateson lo que lo delimita sean las cosas que rodean ese pensamiento, en este caso ese quién soy. Ahora ese quién soy pueden ser esas prácticas que yo realizo, esa relación que establece mi mente y mi cuerpo con las cosas. Vuelvo hasta acá a la idea de Henry sobre el individuo a partir de la teoría de la praxis. Entiendo que no hay otra manera de responder(me) quién soy yo.
Ahora, pienso que partir de la teoría de la praxis, me “obligo” a preguntarme sobre qué relación mantengo yo con las cosas y con los otros, con las otras personas que me rodean cuando realizo mis actividades, cualquiera sean estas। Me pregunto entonces si yo soy algo diferente de lo que son las cosas y de lo que son los otros que me rodean. Nuevamente me aparece esa idea de que estoy determinado por la vida, por lo que hago y no por lo que pienso. Además la diferencia entre lo que soy, lo que son las cosas y lo que son los otros me aparece, llamativamente, como algo definido por la esencia de lo que hago porque yo hago algo, las cosas hacen algo y los otros hacen algo. Es decir, yo, las cosas y los otros somos parte de lo mismo, pero ¿ de qué somos parte?
¿Quién soy nosotros?
Todos, yo, las cosas y los otros somos partes de lo mismo. Es decir, somos el mundo. Así caben las preguntas ¿ Qué es el mundo?, ¿Qué somos nosotros?, en vez de preguntar(me), ¿quién soy yo?. Tengo, entonces que preguntarme si hay diferencia entre lo que esta dentro y fuera de mí. Me pregunto: ¿Qué es lo interior y lo exterior a mí? Explica Toshihiko Izutsu: “En la formación espiritual del Extremo Oriente, el problema de la distinción y de la relación entre el interior y el exterior ha jugado siempre un papel determinante”[ix]. Si yo me lo pregunto desde Occidente y esta duda surge también con importancia en Oriente podría animarme a decir que entre Oriente y Occidente no hay grandes diferencias.
Pienso que quizás no haya diferencias en las prácticas entre Oriente y Occidente. Todos necesitamos ciertas cosas para subsistir. La diferencia, entonces, podría estar en cómo hacemos las cosas, en cómo nos relacionamos con las cosas y con los otros seres humanos. La diferencia en cómo hacemos las cosas me queda maravillosamente explicada en el ejercicio del tiro con arco que realiza Eugen Herrigel con su maestro Zen[x]. ¿Ahí estará la respuesta a quién soy?. Pienso, ¿en esa diferencia de prioridades?, ¿la misma desesperación de Descartes por la Verdad no es la desesperación de Herrigel por no dar en el blanco con la flecha?. Parece que sí.
Parece que la forma en que hacemos las cosas es la que determina quienes somos. Ahí está la diferencia entre yo, las cosas y los otros seres humanos. Este lugar es el que me encuentro, ahora, estancado. ¿Cómo encuentro las diferencias entre lo que yo hago y mi “exterior”? ¿Cómo puedo pensar qué hago si no es comparándola con lo que hacen las cosas y lo que hacen los demás?. Estas son las preguntas de las que parte Gramsci en su artículo “¿Qué es el hombre?” para pensar las relaciones sociales: “Es la pregunta primera y principal de la filosofía. ¿Cómo contestarla? La definición puede hallarse en el hombre mismo, o sea, en cada individuo. Pero, ¿ es correcta?. En cada hombre puede hallarse lo que es cada hombre individual.” [xi] Y se responde algo que arrima una pequeña respuesta desde la filosofía de la praxis: “Decimos, pues, que el hombre es un proceso y precisamente el proceso de sus actos”.[xii] He aquí una diferencia, entonces. Soy el proceso de mis actos lo que me pone indefectiblemente en relación con las demás cosas, con los otros que están “fuera” de mí.
¿Qué es un proceso, entonces? Son todos los acontecimientos de mi historia personal, todos los acontecimientos de la historia humana, todo el tiempo que me llevó llegar a hacer lo que estoy haciendo que es lo que me puede permitir responder(me) quién soy. Es todo el tiempo que sea necesario hasta que Herrigel “comprenda” que lo indispensable no es acertar en el blanco, sino que lo importante es el proceso. La importancia del proceso es la que me ayuda a ver quién soy pero también me ayuda a pensar que hacer, cómo seguir y hasta donde “avanzar”. Incluso cuando la filosofía Zen explica que yo soy indisoluble del resto del mundo aparece la importancia de ese proceso, de ese “camino” para llegar a la Verdad, para vivenciar ese instante de iluminación.
Comencé, para responder esta pregunta, del punto de dudar de todo para encontrar la existencia de mis actos, de mi cuerpo y de las relaciones que se encuentran a través de esa existencia con las cosas y con los otros. Lo que me queda claro, entonces, en principio es que debo pensar lo que soy a partir de lo que soy en sociedad. Ahora, dice Gramsci al terminar su artículo ya citado anteriormente: “ Es un lugar común que el hombre no puede concebirse sino como viviendo en sociedad; pero no se infieren de ese lugar común todas las consecuencias necesarias individuales; también es un lugar común que una determinada sociedad humana presupone una determinada sociedad de las cosas, y que la sociedad humana es posible solo en la medida en que existe una determinada sociedad de las cosas”.[xiii]
Puedo pensar, desde ahí, que más allá de concebirme en sociedad debo ver la particularidad de mi ser, del qué soy que trato de responder(me) a partir de pensar qué animan mis actos en la sociedad y por qué proceso he transitado para llegar a dónde llegué। Es un intento de respuesta, todo el tiempo estoy preguntándome, todo el tiempo estamos preguntándonos quiénes somos, a pesar de vivir en una época que nos invita a no hacerlo. He aquí también la respuesta.
[i] Mumford, L.“Preparación cultural”, Cap.1 en Técnica y civilización. Madrid: Alianza Editorial, 1971.
[ii] Heidegger, M. “La pregunta sobre la técnica” en Revista Ciencia y Técnica. Santiago de Chile. 1983.
[iii] Descartes, R. “Meditaciones acerca de la filosofía primera, en las cuales...” en Meditaciones metafísicas. En la meditación primera Descartes explaya esta idea del siguiente modo: “ ...ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiendo procurado reposo en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones”
[iv] Descartes, R. Op. Cit. Meditación segunda.
[v] Marx, K. Engels, F. En La ideología alemana. Santiago Rueda Editores, Buenos Aires, 2005. Pag. 26
[vi] Henry, M. “La vida y la muerte del marxismo” en Metodología de las Ciencias Sociales.
[vii] Bateson, G. “Forma, sustancia y diferencia” en Pasos hacia una ecología de la mente. Pag. 489
[viii] Bateson, G. Op. Cit. Pag. 493
[ix] Izutsu, T. “El interior y el exterior en el budismo Zen” Cap. 3 en El Koan Zen. Pag. 103
[x] Herrigel, E. El Zen en el arte del tiro con arco.
[xi] Gramsci, A. ¿Qué es el hombre? En Antología. Buenos Aires, Siglo XXI Editores. 2004. Pag. 437
[xii] Gramsci, A. Op Cit.
[xiii] Gramsci, A. Op Cit.
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